Por Tomás de Híjar Ornelas

Un hombre llamado Ananías también vendió una propiedad y, en complicidad con su esposa Safira, se quedó con parte del dinero y puso el resto a disposición de los apóstoles.Hech. 5,1-2

La liturgia de la Pascua actualiza desde dos flancos, el leccionario y el Oficio Divino, la meditación pausada de esa radiografía del cristianismo en su cuna que es el Libro de los Hechos de los Apóstoles, que bien se podría llamar de los Hechos de Pedro y Pablo, pues al ministerio petrino entre los judíos dedica los primeros 12 capítulos y al de Pablo entre los paganos casi todos los 16 restantes.

Más que una ‘historia de la Iglesia primitiva’, lo que nos ofrece es un relato en torno a los postulados con los que nació, en Jerusalén, la primera comunidad de discípulos del Resucitado, y cómo de allí se expandió por el mundo antiguo en poco tiempo.

Si uno medita hoy el contenido de los Hechos… en el marco de la cuarentena que le ha impuesto al mundo la pandemia del covid – 19, tendrá ante sí un espejo y un reto para lo que vendrá luego de este desastre.

De él extraigo el castigo que sufren unos esposos judíos de aquel grupo, Ananías y Safira, como escarmiento por su mala conducta: la de vivir a expensas de la comunidad, aparentando haberle donado todo lo que poseían, cuando se habían quedado con un porción de su patrimonio no corta (Hch. 5, 1-10), escarmiento que Pedro aplica como fallo divino a unos impostores, enfatizando así que para un cristiano que se precie de serlo nada es verdaderamente suyo como no sea para compartirlo y que nada vale tanto en el trato con la comunidad que la transparencia.

Hoy como nunca los cristianos tendremos ante nosotros el valor intrínseco de la pobreza evangélica, que consiste en no tener ni desear más de lo necesario, para socorrer e iluminar al linaje humano, harto ya de los sistemas de derecho y políticos del Estado moderno y urgido como nunca de la participación democrática –que a eso equivale en nuestros días la comunidad y sus intereses–, ilimitada ahora gracias a los medios de comunicación electrónicos, de modo que más allá del asistencialismo etiquetado como ‘pastoral social’, produzcamos los cristianos una primavera de la ‘acción social’, que sin necesidad del adjetivo ‘católica’ sólo aspire a recuperar el modelo primigenio de sus pretensiones colectivas:

“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.

“Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha eficacia; todos ellos eran muy bien mirados porque entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech. 4,32-35).

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de abril de 2020 No.1294