Por José Ernesto Hernández Rodríguez msp

¡Que tengas buena suerte!, ¡Mucha suerte! En varias ocasiones solemos decir estas frases en nuestro día a día. Es muy común decirlas como motivación para los familiares, para los amigos y conocidos, al momento de emprender trabajos, presentar exámenes, enfrentar problemas u otros motivos.

La buena o la mala suerte es la creencia arraigada en muchas personas que le dan poder a varios objetos como amuletos, prendas, herraduras o a algunas circunstancias de la vida y en torno a eso creen que les va “bien” o les va “mal”. Pasar debajo de una escalera, ver un gato negro, encontrar cosas extrañas en el patio de la casa, oír ruidos, entre muchas otras cosas, es para varias personas de “mala suerte” y viceversa. Cargar una pata de conejo, una ramita de albahaca, untarse con agua o aceite, poner una sábila en su casa o negocio, es para otros de “buena suerte”. Creer en la suerte se ubica dentro de lo que se conoce como supersticiones que, por supuesto, están fuera de la enseñanza de Cristo y de la Iglesia, pero que, a la vez, están muy presentes incluso entre quienes se hacen llamar católicos.

Este tipo de ideas y prácticas atentan contra el primer mandamiento de la ley de Dios:

“Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (cf Ex 20, 1-3; Dt 6,5). Cuando las supersticiones y todo aquello que tiene que ver con la supuesta “buena o mala suerte” empiezan a influir en la vida de las personas se está haciendo de lado a Dios y su poder, aunque algunos no lo vean así. El Catecismo de la Iglesia al respecto dice: “La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias…”(N° 2111); condena también en el número 2116 la consulta de horóscopos, la astrología, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, entre otras prácticas de superstición.

La Sagrada Escritura condena todas las formas de adivinación, de evocación a los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir o influyen de manera misteriosa en la vida de las personas (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8).

La “buena” o la “mala suerte” no existen; existen personas que viven lejos de Dios y por eso confían en lo que no tiene poder, o al menos no para hacer el bien. Existen personas que no tienen fe, que se desesperan ante las dificultades de la vida y buscan soluciones rápidas al margen de Dios. Existen personas que quieren que todo les caiga del cielo por arte de magia o de “suerte” ¿Por qué darle valor a aquello que no lo tiene? Como dice el dicho popular: “Honor a quien honor merece”, y todo lo bueno que pasa en nuestra vida proviene de Dios., Para Él es el honor y para nada ni nadie más.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de abril de 2020 No.1294