Por Josefa Romo Garlito

El coronavirus genera comentarios familiares, de mensajería como en el WhatsApp y demás redes sociales. La pandemia nos ha sorprendido como un ladrón, y son muchas las preguntas que nos hacemos: la preocupación por el trabajo y la economía; por la salud y la muerte, y profundas reflexiones trascendentales, que exceden lo inmediato y visible.

En las primeras cuatro semanas del confinamiento, las visitas a la web de Filosofía de la Universidad de Valencia fueron 60 mil, lo que evidencia –dicen desde la UCV– que “la pandemia ha golpeado la conciencia de las personas (…) y hay que dar soluciones sanitarias y económicas, pero también respuestas filosóficas desde una perspectiva cristiana”.

Las preguntas llueven en los conventos. La madre Verónica Berzosa, la célebre Clarisa de Lerma, de la congregación “Iesu Communio”, a la que ingresan cientos de jóvenes, muchas, universitarias, confiesa: “desde el inicio de la pandemia una lluvia de llamadas cayó sobre nuestra casa. Creyentes y no creyentes expresan todo tipo de dudas, dolor, lágrimas, impotencia, rabia, esperanza, petición de oraciones… Todas traspasan nuestro corazón y, como Iglesia orante, eran presentadas ante nuestro Señor”. Así surgieron las reflexiones de sor Verónica –se pueden seguir por Internet– “sobre el verdadero fundamento de la esperanza humana y la fragilidad de los ídolos en los que, no pocas veces, el hombre busca su salvaguarda”. En una de esas reflexiones, la madre Verónica dice: “Reconozco como don incomparable tener fe”.

Luego, parafraseando a San Pedro, suspira: “¿A quién vamos a acudir, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?”

Los católicos –en España, lo somos la mayoría– se ven movidos a una práctica más intensa de la fe. Miles de fieles siguen, incluso a diario, la Santa Misa por radio, televisión, Internet o WhatsApp. Hay hambre de Dios, y se echa de menos la Eucaristía presencial, “concreta”, que dice el Papa. Los sacerdotes, en general, están muy activos: Misa diaria por YouTube, por Internet, en 13 TV y en TVE-2; meditaciones “online”, cadenas de oración y solidaridad con los mayores. Con la prudencia necesaria, acompañan y consuelan a enfermos y a otras personas vulnerables; ayudan a los necesitados a través de Cáritas; administran el sacramento de la Unción cuando son requeridos en hospitales y domicilios. Una vecina mía, en el pueblo, al darle el pésame por su padre, vía telefónica, me decía, anegada en llanto: “Fuimos al cementerio sólo mi marido y yo, y el cura, que fue a ayudarnos a meter la caja”.

Una cosa tengo muy clara: la necesidad de la oración para implorar la misericordia del Señor por nosotros y por el mundo entero. Es urgente rezar por la conversión de los pecadores y pedir perdón a Dios por nuestros pecados.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 3 de mayo de 2020. No. 1295