Por Nelly Sosa

Cuando pienso en las mayores crisis de mi vida, siempre veo a María. Ella, mi Madre Hermosa, ha estado a mi lado en todo momento, como lo estuvo al pie de la Cruz.

Tal vez no lo sabía, porque no la conocía bien, pero su poderosa gracia siempre estuvo cerca.

No fue que yo tuviera un “espíritu fuerte”, es que María me arropó en los momentos de dolor.

No fue mi mamá, quien tantas veces me aconsejó, o esa amiga que me rescató cuando mi alma se rompía: fue el Corazón de María, actuando en ellas.

Pero para mí María era todavía sólo una hermosa idea.

La gracia de Dios me permitió, muchos años más tarde, sentir gran curiosidad y hambre de su compañía.

Y después de consagrarme por primera vez a Jesús por María, empecé a verla más como a una verdadera Madre, como el más efectivo puente hacia Jesús.

Con san Luis de Montfort contemplé el misterio de su vida, de su alma inmaculada y sólo pude amarla mucho más. Y finalmente confiarme y confiarle todo, sin miedo.

Y empecé a leer y empecé a orar con mayor intencionalidad y empecé a entender tantas cosas, ahora con el alma…

Cuando pienso en María, pienso en calma, en confianza y en total entrega, pienso en amor y en claridad cuando más necesitas fuerza.

Ella me ayudó a ser mamá por primera vez, cuando el peso de mi nuevo rol me abrumaba; con el Rosario hizo flexible mi voluntad y convirtió mis miedos en gozo.

Hace dos años, en Semana Santa, Ella nos acompañó a mi esposo y a mí en uno de los momentos más duros de nuestra vida juntos. Cuando perdimos a un bebecito, de apenas unas semanas de concebido.

Y la sentí conmigo, me mantuvo en calma y le di las piezas de mi roto corazón.

María estuvo conmigo también en esos escasos minutos en que mi hija se perdió en un parque lleno de gente. Y dulcemente me llevó, con los ojos nublados de lágrimas y de agradecimiento, a donde mi pequeña estaba.

María sigue conmigo en mis esfuerzos diarios, en mis dudas, en mi impaciencia…

Cuando los días de esta cuarentena se hacen largos y empiezan a pesar, recurro a mi Dulce Madre, la busco en oración y bajo su manto me siento confortada.

Cuando confío, de verdad, en Jesús y en María, sé que todo estará bien.

La que guía, la que seca el llanto, la que endulza las tristezas.

Esa es María.

La que intercede, la que llora contigo, la que abraza y la que no te deja.

Esa es María.

Ella te mira todos los días y no descansará hasta mostrarte el camino de regreso a Jesús.

¡Toda Hermosa eres, María!

Oh, María concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

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Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 10 de mayo de 2020. No. 1296