Es el título del libro del Papa Francisco que recoge ocho de sus intervenciones en los primeros meses de la pandemia. Son claves y directrices para reconstruir un mundo mejor que podría nacer de esta crisis de la humanidad. A continuación, los puntos importantes que también invitan a la acción y al compromiso:

El miedo y la fe

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Necesitamos al Señor como los antiguos marineros a las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

Prepararnos para el después

El después trae consigo hambre, sobre todo para las personas sin trabajo fijo, violencia, la aparición de los usureros, (que son la verdadera peste del futuro social, delincuentes deshumanizados), etc. Los buenos resultados dependerán de las medidas que cada gobierno tome, siempre teniendo como prioridad a la gente. Hacer lo contrario llevaría a la muerte a muchísima gente, algo así como un genocidio virósico.

¡Alto al conflicto!

Este no es tiempo de la división. Que Cristo, nuestra paz, ilumine a quienes tienen responsabilidades en los conflictos, para que tengan la valentía de adherir al llamamiento por un alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo. No es este el momento para seguir fabricando y vendiendo armas, gastando elevadas sumas de dinero que podrían usarse para cuidar personas y salvar vidas.

Un proyecto inclusivo

Esta tormenta va a terminar y sus graves consecuencias ya se sienten. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo. Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro.

Un plan para resucitar

La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de que urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva.

El Señor nos pide no conformarnos, animarnos a una nueva imaginación, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de «hacer nuevas todas las cosas» (Ap 21,5); hacer un esfuerzo comprometido en la justicia, la caridad y la solidaridad. Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real.

Vencer el virus del egoísmo

Este es el tiempo de ser misericordiosos con todos, nadie se debe quedar atrás; no pensemos sólo en nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a ninguno: de todos. Porque sin una visión de conjunto nadie tendrá futuro.

Volver más fuertes

Quiero expresar mi cercanía a los periodistas, a los vendedores callejeros de periódicos, a los voluntarios, a las personas que viven gracias a estos proyectos y que en estos tiempos están sacando a la luz muchas ideas innovadoras. La pandemia ha vuelto difícil vuestro trabajo pero estoy seguro de que la gran red de periódicos callejeros del mundo volverá más fuerte que antes.

Cuidar nuestra casa común

Hay un dicho español: “Dios perdona siempre; nosotros los hombres perdonamos algunas veces sí, algunas veces no; la tierra no perdona nunca”. Necesitamos un nuevo modo de mirar nuestra casa común. Entendámonos: esta no es un depósito de recursos que explotar. Cada uno de nosotros puede dar su pequeña contribución: no hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 24 de mayo de 2020. No. 1298