Por Sergio Ibarra

El tiempo inédito de aislamiento social ha generado todo tipo de declaraciones y opiniones. Algunos argumentan superficialmente que después de la pandemia seremos pobres, pero más felices, como si antes de la pandemia fuésemos ricos y no tan solo felices.

Escuchar una frase como ésta despierta la búsqueda de fundamentos para comprender tal afirmación. Karl Popper (1902-1994), filósofo y epistemólogo reconocido como uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, en su obra abordó temas para mejorar y defender una democracia liberal. Una de sus ideas es el falsacionismo, retar el “statu quo” con fundamentos para mejorarlo, no para empeorarlo y no con ocurrencias.

Para Popper, la idea política más peligrosa es la que pretende buscar y dar felicidad al pueblo, reinterpretando una forma de felicidad como apta para todos. Plantea que no es posible porque las personas buscan y encuentran la felicidad en distintos aspectos y no existe un acuerdo general en torno a ésta.

La felicidad desde Aristóteles, que la definió como el fin último del hombre, tiene distintas connotaciones. No es comparable la angustia de un rico que pasa por una enfermedad, con un pobre que goza de buena salud. Se pueden añadir innumerables formas de ser feliz, pero todas coinciden en algo: el ejercicio de la libertad.

En la condición actual, al ver los efectos mortales del virus y las malas condiciones en que vive parte de la población mexicana, puede comprenderse que surja este tipo de frases, expresadas sin análisis. La economía de México ya estaba debilitada y esta crisis representará la reducción del empleo y de la recaudación de impuestos, y que muchos se declaren en suspensión de pagos. Será urgente que la sociedad, no el gobierno, avance en plantear nuevas soluciones.

Popper expresa cómo construir para alcanzar la felicidad desde la autoridad, pero de una forma racional. Nos dice: no se trata de aferrarse a promoción de felicidad para todos, sino que el objetivo debe ser eliminar las causas de la infelicidad o de sufrimiento. Una interpretación más amplia que nos lleva a pensar en el bien común, en el conjunto de condiciones que permite la realización de los miembros de la sociedad. Insistir en la idea de dotar de felicidad desde el Estado es soberbia y genera una amenaza hacia la validez de juicios y libertades individuales.

Nadie querrá ser más pobre para ser feliz.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 14 de junio de 2020. No. 1301