Por Miguel Aranguren

Aunque el planeta ha entrado en ebullición, si lo cuantificamos en cifras quizá juzguemos que la del Covid-19 ha sido una pandemia ligera, nada que ver con las pestes de siglos pretéritos. Y es cierto. La última gran plaga, a la que llamaron Gripe Española, arrasó la vida de unos cuarenta millones de personas a finales de la segunda década del siglo XX. Si ahora, con toda la ciencia demoscópica encapsulada en bites, somos incapaces de dar un resultado redondo de infectados y fallecidos, qué no sería aquel cómputo sopesado quién sabe con qué criterios y herramientas. Seguramente fueron sesenta los millones de muertos. U ochenta. O cien… Mi abuela recordaba a una de sus hermanas, por aquel entonces adolescente, que perdió la razón como consecuencia de la influenza virológica y que, pobrecita, terminó por suicidarse. Pero ahora que las guerras, sin ir más lejos, se resuelven con pocas bajas, el medio millón de víctimas que -cuando se haga la suma global- vincularemos al coronavirus se nos antoja una captura ligera frente a los millones de millones que poblamos la Tierra. Nos consolaremos al pensar que en su gran mayoría fueron hombres y mujeres mayores, muy mayores, personas que habían vivido suficiente y a quienes correspondía dejar el espacio libre para los que venimos detrás.

Es lo que tiene la muerte en aluvión, en estadística. Es el paso de la guadaña sobre un trigal bien cuajado: la imposibilidad de conocer el rostro de aquellos que fueron, de haber tocado sus manos todavía calientes una vez se les rindieron los pulmones, de haber sentido la tristeza de sus allegados o el silencio redondo de su soledad.

Pero ni pocos ni muchos. Los seres humanos morimos de uno en uno. Y con nuestra muerte se evapora todo lo que fuimos: niños llenos de inocencia, adolescentes expectantes, jóvenes con el corazón en las manos, adultos pragmáticos o conformistas, ancianos agradecidos o amargos. Varones y mujeres. Lazos de los que brotaron familias. Consejos, miedos, oportunidades. Corazones concebidos para amar. Y mucho más, porque un hombre no cabe en un libro ni puede deshilacharse como un jersey tejido de un solo ovillo.

Los fallecidos, uno a uno, son piezas irrepetibles de la construcción de la Historia: tú, él, ella, aquél, este, el de más allá. Ninguno prescindible y, por tanto, ninguno merecedor del anonimato de una mortandad masiva, de las unidades de cómputo, del larguísimo listado de los registros de defunción.

Recomiendo la lectura de “Réquiem por Nagasaki”, cuyas páginas retratan al profesor Nagai, un radiólogo japonés testigo de uno de los mayores horrores bélicos de todos los tiempos. Su ciudad se derritió en el interior de una inmensa bola de calor nuclear. Cerca de cien mil personas desaparecieron; sus cuerpos se convirtieron en nada. Y con ellos sus pertenencias, sus recuerdos, todo lo que les definía. Por si no hubiera sido suficiente la atrocidad del hongo que llegó al cielo (por cierto, silenciada por el cine, motor de la cultura contemporánea), la radioactividad siguió cobrándose víctimas durante decenios, mediante los síntomas más crueles. Pero Nagai decidió transmitir la misericordia de Dios a sus vecinos, de uno en uno, también a los que se esfumaron sin dejar huella. Sus ojos actuaron como los ojos de Dios, que es incapaz de entender las estadísticas: te mira como a un hijo único. Y te dice: “Yo te he engendrado hoy para entregarte en herencia las naciones, los confines de la tierra”, una tierra sin virus ni odios, sin listados ni memoriales.

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Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 14 de junio de 2020. No. 1301