Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Según es la pregunta es la respuesta. La catequista quedó desconcertada cuando a la pregunta del antiguo catecismo ¿Cuántos dioses hay?, el pequeño catecúmeno contestó: ¡Al menos dos! Si toda pregunta es difícil de contestar, mucho más lo son las preguntas sobre Dios. Dios es Dios y Uno nada más.

A esta problemática trata de responder el nuevo Directorio para la Catequesis recién publicado por el Papa Francisco en un momento de transición cultural.

Dios es el Misterio de todos los misterios. Por eso, le damos varios nombres, como leemos en los primeros libros de la Biblia, según la experiencia religiosa de cada pueblo. Si el pueblo experimenta su presencia en las alturas le llamará el Altísimo; si en los montes, el Montañés; si en el poder, le llamará Señor de los ejércitos. Así, la historia humana ha creado un listado de nombres para esa Presencia superior que le acompaña, pero que no alcanza a comprender ni a describir.

En la Biblia encontramos muchos nombres divinos que se van decantando poco a poco y tomando nombre de los personajes a quienes acompañan. Así se nombra al Dios de Melquisedec, al Dios de Abraham, al Dios de Jacob, al Dios de los Patriarcas y, finalmente, al Dios de Israel. Así, el pueblo de Israel, liberado de la esclavitud, se nombra Pueblo de Dios, y al Dios liberador, Dios de Israel. Este intercambio de nombres establece un parentesco de sangre mediante alianzas, preceptos y sacrificios. Tenemos aquí un gran avance: Dios no sólo se define por las fuerzas naturales: la lluvia o la fecundidad de los ganados y las cosechas, sino por la amistad con las personas. Es un Dios libertador, defensor de la justicia, protector del desvalido.

Pero este Dios amigo de los hombres todavía no ha dado a conocer su verdadero Nombre. Esa es la pregunta que le hace Moisés cuando se le aparece en la zarza y le ordena presentarse al faraón y liberar de la esclavitud a su pueblo. Moisés le pide que le diga su nombre, que se identifique, para así invocarlo en caso de necesidad. Aquí, un hombre solitario, fugitivo, sentenciado a muerte, ante un matorral ardiendo, en la soledad del desierto, escucha el Nombre sin nombre, el Impronunciable: YAHVÉ, que traducimos: Yo soy el que soy, o Soy el que quiero ser. Aquí, es y quiere ser, el Libertador de Israel. Nombre sacratísimo que encierra todo el Misterio y todos los misterios. Israel lo escucha, no lo pronuncia, sólo le llama Señor.

La revelación plena de este Misterio es la novedad del Evangelio y se llama JESÚS. Jesús quiere decir Yahvé salva, Dios es salvador. El verdadero nombre de Dios es una Persona: Jesús de Nazaret. Dios toma rostro, cuerpo, imagen, presencia salvadora: Quien me ve a Mí, ve al Padre. Dios no se llama, lo llamamos. Y le decimos como Jesús nos enseñó: Padre nuestro.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 5 de julio de 2020. No. 1304