Compartir con Dios lo que pasa en nuestro diario vivir nos ayuda a seguir adelante.

Por Mónica Muñoz

Tenemos aproximadamente cien días con esta situación de confinamiento, que nos ha mantenido alejados de nuestras actividades cotidianas, esperando que pronto las autoridades anuncien que el semáforo ha cambiado a verde y que podemos regresar a lo que han llamado la “nueva normalidad”; sin embargo, ante el número de contagios tal parece que eso aún está lejos de concretarse.

El caso es que pasan los días y cada vez se nos hace más difícil permanecer encerrados; la necesidad de reactivar la economía día a día se vuelve más urgente ante la falta de trabajo, porque todos tenemos que comer y es indispensable buscar el sustento. Por eso mucha gente siente desesperanza y no sabe cómo afrontar las carencias que se están volviendo comunes, ante la incertidumbre económica. Asimismo, el ánimo va decayendo y el optimismo brilla por su ausencia. ¿Qué hacer?

Muchas son las recomendaciones que se nos han dado, desde armar rompecabezas hasta aprender algún idioma, con tal de mantenernos distraídos y contrarrestar el estrés. Pero algo que, sin duda, es infalible, es rezar, no únicamente recitar oraciones sin sentido, sino poner nuestra fe y corazón juntos en las peticiones que vamos presentando a Dios. Puedo decirles, por experiencia propia, que compartir con Dios lo que pasa en nuestro diario vivir nos ayuda a seguir adelante, apacigua los ánimos, despeja la mente para ver con claridad y encontrar soluciones a nuestras dificultades.

Además, si invitamos a los integrantes de nuestra familia a unirse a nosotros en la oración, mejorará nuestra relación con cada uno de ellos. Por eso, hay un famoso dicho que dice que “la familia que reza unida, permanece unida”, pues la experiencia de abrirnos con la gente con la que vivimos para compartir la fe a nadie deja insensible y permite que los lazos que nos unen se fortalezcan al invitar a Dios a ser el centro de esa reunión espiritual.

Definitivamente, nadie sabe qué va a pasar en el futuro, pero podremos verlo con más esperanza y alegría si, junto con nuestros seres queridos, nos animamos a romper las barreras de comunicación que nos separan, ya sea por edad o por diferencia de pensamientos, y nos atrevemos a formar un grupo de oración dentro de nuestro hogar. Les aseguro que, con algo tan sencillo como rezar el santo rosario en familia, tendrá como fruto el aumento de amor y paciencia y comenzarán a notar cambios en todos los ámbitos de su vida. Ánimo, no estamos solos.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 5 de julio de 2020. No. 1304