Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El reciente mensaje del Papa Francisco con ocasión de la LIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, nos invita a los católicos a narrar nuestra propia historia, cultivando el arte de la escritura, la lectura y el correcto manejo del lenguaje. A esto los antiguos le llamaban tanto gramática como literatura. Su desempeño era aprender a “escribir, leer y comprender”. De la gramática nos dijeron que era “el arte de leer y escribir correctamente la lengua española”.

La aparición de la primera gramática de nuestra lengua y del primer mamotreto –diccionario- coincidió en tiempo e importancia con el descubrimiento de América en 1492. El protagonista de esta hazaña cultural fue Elio Antonio de Nebrija, autor del “Arte de la Lengua Castellana”, y el “Mamotreto”, para mamar la cultura. Estos dos instrumentos literarios desataron una verdadera primavera cultural en toda la península, según pensó su autor: “buscar alguna manera por donde pudiese desbaratar la barbarie por todas partes de España, tan ancha y luengamente derramada”; y comenta P. Olmedo: “Un simple gramático, con solo renovar la lengua, renovó todas las ciencias y despertó en los espíritus una inquietud científica que determinó el gran movimiento literario del siglo XVI, y esto sin salirse de los términos de su profesión”(Perficit 11).

La barbarie se alimenta de la confusión y ésta con el abuso del lenguaje. Un lenguaje de vocabulario escaso, impreciso; de frases entrecortadas, falto de coordinación, iterativo y pedestre, es moneda corriente en las épocas de deterioro cultural, social y espiritual. Los regímenes autoritarios se gozan cambiando nombres, alterando el sentido, maltratando el lenguaje y hostilizando a la cultura.

Para los cristianos la dignidad de la Palabra radica en su origen: Salió de la boca del Altísimo, obró la creación, la concedió al hombre y la volcó totalmente en su Hijo, su misma Palabra entre nosotros. Cultivar la Palabra y crear cultura, es tarea rigurosa para el cristiano, como repetía santa Teresa: “Son gran cosa letras, para dar en todo luz”. Lo extraño, dice el Papa, es que otros nos cuenten nuestra propia historia y “nos narcotizen, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices”. Así, inermes, caemos en las redes serpentinas del chisme, de la mentira y del encandilamiento de las ideologías. Malicia intrínseca de todo ídolo es hacernos semejantes a su imagen: ciegos, sordos, mudos, insensibles a los demás.

El hombre es narrador por naturaleza, y el único que puede narrar su propia historia. Solo así se realiza como humano, como ser social y como cristiano. La iglesia es la comunidad dialogante con Dios mediante la Palabra divina, hecha carne y lenguaje nuestro. Por el aliento del Espíritu se hizo literatura: narración, leyes, poesía, oración, enseñanza, amonestación. Finalmente Escritura. Libro que no la ahoga entre sus páginas, sino que rebrota llena de vida en una persona, Cristo. La Biblia es Cristo. Quien la lee, medita y acoge, entra en comunión con Cristo. Para alcanzar esta altura “hace falta aprender a penetrar en el secreto de la lengua, comprenderla en su estructura y en el modo de expresarse” (DV 32), palabras que acrecienta el Papa: “Por obra del Espíritu Santo cada historia (humana)… puede volverse inspirada, puede renacer como una obra maestra, convirtiéndose en un apéndice del Evangelio”. Estos narradores profanos o religiosos, cuentan “innumerables historias que han escenificado admirablemente el encuentro entre la libertad de Dios y la del hombre”. Desconocer la historia de los hombres, es desconocer sus luchas con Dios, y al mismo Dios. Esta divina aventura se inicia con una gramática y con un diccionario.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de julio de 2020. No. 1308