Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Era un hombre sencillo, con mucha chispa. Desde su parroquia, con apenas unos 350 habitantes, movió multitudes en la Francia postrevolucionaria, sobre todo para confesarse. A las 4 de la madrugada, farol en mano, abría la puerta del templo, oraba unas 3 horas, celebraba la misa y, después, a confesar todo el día. Lo encontraban en el altar, en el púlpito o en el confesionario.

De mirada penetrante, caminaba rápido, nervioso, siempre sonriente. Comía patatas que él mismo cocinaba, enlamadas decían, con un poco de mantequilla. Tenía fama de entrevistarse con el diablo: “es muy listo, decía, pero nada fuerte: con la señal de la cruz sale huyendo”.

Este es un pequeño esbozo del santo Patrono de los sacerdotes. Acabamos de celebrarlo el 4 de agosto. Ojalá haya usted rezado por sus sacerdotes. Lo canonizó el Papa Pio XI y todos los Romanos Pontífices han escrito páginas bellas sobre su figura sacerdotal. El Papa Francisco acaba de enviarnos una larga carta a los sacerdotes, para animarnos a imitar su ejemplo. Su nombre completo es: San Juan Bautista María Vianney, Párroco de Ars. Le comparto algunos de sus pensamientos sobre el ministerio sacerdotal. Decía:

“*El sacerdocio es un sacramento que no parece interesar a muchos, pero que tiene que ver con todos. *Si tuviéramos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote, como se ve la luz detrás de un cristal. *Este sacramento (el sacerdocio) levanta al hombre hasta a Dios. *El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús. *Si el sacerdote comprendiera bien la grandeza de su ministerio, apenas podría sobrevivir. *Sin el sacerdote la pasión y la muerte del Nuestro Señor de nada servirían. *Es el sacerdote quien continúa la obra de la redención aquí en la tierra. *Vayan a confesarse con la Santísima Virgen o con un ángel, ¿los absolverían de sus pecados? ¿Les darían el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor? No; la Santísima Virgen no puede hacer descender a su divino Hijo en la hostia. Aunque fueran 200 ángeles, no podrían absolverlos. Por más sencillo que sea un sacerdote lo puede hacer. Él les puede decir: “Vete en paz, yo te perdono”. ¡Oh! ¡Qué cosa!

Estas breves pinceladas describen lo que pensaba y cómo vivió él su sacerdocio. Quizá a alguno –o a muchos- parezcan exageradas. Era el lenguaje y la espiritualidad de su época, pero salieron de la boca de un santo y están avaladas por su vida. Y por la Iglesia. Entró ya mayor al seminario y luchó siempre con el latín, pero su talento era realista, lleno de chispa y buen humor. Cuando le preguntaron por qué siempre sonreía, contestó: “Si me sintiera triste, iría inmediatamente a confesarme”. A un colega que le preguntó cómo le hacía para imponer la penitencia al pecador que no sabe rezar, le contestó: “Yo hago penitencia por él”. Después añadió: “A otros los mando a besar el santo Cristo que está bajo el altar: Se arrodillan, y hacen un acto de humildad; besan el crucifijo, y adoran a Jesús; al levantarse, se dan un cabezazo y así cumplen con la satisfacción penitencial. A un ateo volteriano que, curioso, fue a visitarlo y le preguntó, socarrón: “¿Es verdad que usted ve al diablo?” El santo Cura se le quedó mirando fijamente, y le contestó: “Es verdad: ¡Lo estoy mirando!”. Sus milagros los atribuía a santa Filomena, y le decían: “¿Por qué santa Filomena tiene que obedecerle? Explicó: “¿Si Dios me obedece, por qué no lo va a hacer ella?”. Los santos son así. O parecidos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310