Por Tomás de Híjar Ornelas

“El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra”: Platón

Si de una vida plena queremos hablar sin desperdicio podríamos referirnos a la de don Pedro Casaldáliga Plá, Misionero Claretiano y Obispo Emérito de la Prelatura de San Félix de Araguaia en el Mato Grosso de Brasil, cuya andadura comenzó en el hogar de unos humildes campesinos de Balsareny,

municipio de la Provincia de Barcelona, el 16 de febrero de 1928 y se apagó el pasado 8 de agosto en São Paulo, Brasil.

Fue la suya una vida longeva pero fresca, que sobrellevó con donosura 92 años dejando tras de sí la fragancia de una encomienda que sin fisuras le mantuvo adicto al Evangelio.

Un resumen de su vida lo condensa la carta de condolencia de don Pedro Belderrain, CMF, Superior Provincial de los Misioneros Claretianos de Santiago, en la que alude a él como alguien que sin estar exento de pecado y errores se esforzó en ser “un discípulo que dejó que el amor de Cristo y la pasión por el Reino y sus causas fueran el centro de su vida”.

Defensor de los más vulnerables y marginados, cumplió 75 años como misionero, 68 como presbítero y 49 como obispo; ejerció su ministerio como formador de seminaristas, director de una revista, animador de Cursillos de Cristiandad, amigo de obreros y de guardias civiles, poeta y escritor pero, sobre todo, “valiente denunciador de toda clase de injusticia”.

Su aludido correligionario Beldarrain, concluye su carta dándle el más grande reconocimiento que un cristiano puede recibir: “Como María, la madre de Jesús de Nazaret, Pedro siempre señaló a Jesús. Como a María a Pedro le sobraron todos los premios y honores. Como para María, pobres y pequeños fueron para él los primeros”.

Por su parte, Fray Miguel Cabrejos Vidarte, OFM, Arzobispo de Trujillo, Perú y Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano, en la carta de condolencias que dirigió a don Walmor Oliveira de Azevedo, Arzobispo de Belo Horizonte y Presidente de la Conferencia Episcopal del Brasil el mismo día de la muerte de don Pedro, no escatimó decir que “el rostro de una Iglesia pobre para los pobres siempre brilló en su conducta episcopal”.

Recordó su entereza ante el régimen militar del Brasil; su carácter de protector de los pobres, especialmente de los indios, su cultivó a la memoria de los mártires, su vida sencilla y ajustada a la de sus fieles, su promoción a la pastoral de conjunto y su atención continua a los signos de los tiempos.

Escritor prolífico, publicó entre 1955 y el 2007 más de 40 títulos, entre ellos Una Iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social, Clamor elemental, Yo creo en la justicia y en la esperanza, La muerte que da sentido a mi credo, En rebelde fidelidad, que le granjearon no pocos malquerientes entre sus pares y en la Curia Romana.

Aunque nunca los buscó y sin mengua jamás de su sencillez esencial, fue reconocido en muchos ámbitos, otorgándosele el Premio por la Paz de la Asociación de Naciones Unidas en España (1997), la Medalla del Mérito Indigenista (2004), el Premio Internacional Catalunya (2006), el Premio Paulo Freire de Psicología (2012) y tres doctorados Honoris Causa.

Descanse en paz un pastor con olor de oveja.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de agosto de 2020. No.1311