La Madre Teresa, con su testimonio, ha logrado encender la luz de aquellos que están en la oscuridad

Por Angelo De Simone

Todos hemos experimentado en algún momento de nuestra vida la sensación de oscuridad. Esa que arrebata y corta cualquier tipo de esperanza, reflejando nuestra vulnerabilidad y humanidad. Ese ha sido también el caso de Agnes Gonxha Bojaxhiu​, mejor conocida como “Madre Teresa”.

Hablar de esta asombrosa mujer en el siglo XXI, es una inspiración y un reto, pues nos invita a ir contracorriente en un mundo cada vez más distante y desesperanzado por las situaciones actuales de miseria y dolor. No obstante, a través de Madre Teresa, Dios ha recordado al mundo su intenso amor –su sed– por la humanidad y su deseo de ser amado a cambio.

El proceso de beatificación de “Madre Teresa” reveló que en una etapa de su vida sufrió una dolorosa “noche oscura” que se había asentado tan pronto como comenzó su obra entre los pobres de Calcuta.

La propia Madre Teresa lo explicaba en una carta fechada en 1959 a su director espiritual: «Me siento perdida. Dios no me quiere. Dios podría no ser Dios. Podría no existir. Señor, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Yo era la hija de tu Amor, convertida ahora en la más odiada, la que Tú has rechazado, que has echado fuera como no querida y no amada. ¿Dónde está mi fe?”. La Madre Teresa, con la ayuda de su director espiritual, aceptó que esa dolorosa experiencia la identificaba con el abandono que sufrió Cristo en la cruz, y también con el abandono que sufren a diario los pobres. De hecho, a pesar del vacío interior, siguió creyendo en el Señor y haciendo el bien, en pocas palabras, empezó a amar en la oscuridad.

¿Será posible entonces transformar estas experiencias en oportunidades de purificación y crecimiento? ¿Acaso su soledad la hizo más cercana con Cristo? Dios, a través de estas pruebas tan dolorosas, purificó más y más el alma de la Madre Teresa, y la preparó para una mayor unión con Él, retirando las consolaciones espirituales para desapegarla de todo lo que no sea Él.

Como parte de este proceso de no sentir la cercanía de Dios en su vida, en otra de sus cartas explica: “Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño; un sufrimiento continuo, y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo… El cielo no significa nada para mí: ¡me parece un lugar vacío!”. El hecho de que haya podido sobrellevar fiel y amorosamente estas pruebas, dio como resultado una fe, esperanza y amor de Dios y del prójimo más profundos, una unión de amor con Dios que supera los niveles naturales, concretándose en una mayor santidad.

Teresa de Calcuta, realizó un voto hermoso y al mismo tiempo cargado de fe en el año 1942 donde indicaba que no se permitiría rechazar nada a Dios. Una demostración de fidelidad y entrega de ella hacia aquel que la había amado primero. Siempre con una sonrisa hermosa en su rostro, invitaba a ver más a Dios y menos a ella con su célebre frase “Yo solo soy un instrumento de Dios, un simple lápiz con que Él escribe su carta de amor al mundo”.

Santa Teresa de Calcuta, es un ejemplo que nos debe inspirar a muchos en nuestro caminar diario con Jesús, ya que vivió su misión de “encender la luz de aquellos que estaban en la oscuridad”, de acuerdo con su propia vocación y posibilidades. Supo Amar en la oscuridad más tenebrosa de su espiritualidad, y saliendo victoriosa, fue llevando el amor de Dios al mundo entero.

Es una necesidad para nuestros tiempos, que en aquellos rincones polvorientos de nuestros corazones donde todavía persiste la oscuridad y la ausencia de Dios, una luz brillante de su sonrisa, nos haga configurarnos cada día más con Cristo, mediante su ejemplo, su amor y ahora también su intersección desde el cielo.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2020. No. 1315