El dolor parece ser la nueva lepra de la cual buscamos huir

Por Mary Velázquez Dorantes

Ante un mundo que pide a gritos la ruptura de las fronteras, las ideas ilimitadas de la verdad, la imposición de ideologías, la lucha por la falsa verdad, no podemos quedarnos como simples espectadores, incluso, el mensaje es: no debemos conformarnos con la defensa individual de nuestras propias circunstancias, cuando el otro nos necesita.

Debemos hacer un alto y mirar la tragedia como la oportunidad para reconocer al necesitado, mirarlos con compasión.

Pareciera que estamos aceptando de forma silenciosa una vida donde el sufrimiento del otro es una cotidianidad, donde no existe umbral de misericordia por el dolor ajeno, y si seguimos con esa mirada, perderemos entonces la ética, y seremos actores de una obra teatral injustificada a favor del individualismo y la centralizad del hombre mundano.

UN PELIGRO QUE ACECHA

En la plenitud del siglo XXI el hombre no puede denominarse ignorante de lo que sucede. Tenemos al alcance una gama infinita de herramientas para conocer y reconocer lo que pasa. Lo que sí podemos desestimar son las acciones del mundo que estamos viviendo, un mundo que crece a un ritmo donde el dolor ajeno pareciera ser un tema escalofriante, donde el otro me interesa después de mí. No podemos reaccionar con indiferencia o ingenuidad, porque sabemos en el fondo lo que sucede a nuestro hermano.

La idea del bienestar se instaura bajo un lema publicitario: estar bien de forma personal. Por lo tanto, cuando el vecino o la comunidad nos requieren, nuestro “yo” se coloca primero a salvo, para luego entonces, si nos queda tiempo o interés, podamos ayudar al otro.

Es evidente que existen muchas víctimas de la injusticia, pero también es cierto que no germina el compromiso por la vida. Lo significativo pareciera que es acumular ganancias económicas, mientras que el dolor es la nueva lepra de la cual todos buscan huir.

IDEOLOGÍAS PERVERSAS

Estamos frente a un momento donde la ideología social crece y se reproduce sin ser cuestionada. No reflexionamos sobre la ola de pensamientos que emergen para las nuevas generaciones. Somos unos extraños abrazando ideas incoherentes, dejamos que la cultura del intervencionismo ideológico nos bombardee y entonces el vulnerable queda expuesto.

Se articulan mensajes para unos cuantos, desechando a muchos. Los jóvenes interactúan con estás ideologías dominantes como si se tratará de una historia de catorce segundos. El dolor físico y moral de los demás queda fuera de este escenario; se busca extirpar el sentido del sufrimiento.

LA REVOLUCIÓN DE LOS COLORES

Bajo lemas de color llega la seducción de mensajes y discursos donde se busca eliminar el sufrimiento innecesario, y para la eliminación de este no importa si se logra de forma arbitraria. Se busca una vida donde las fronteras del dolor, los padecimientos se aniquilen, y donde la condición humana sea vista como una escalada de discursos “oportunistas”.

Todas las revoluciones de colores dicen conocer el dolor ajeno, pero en realidad es un conocimiento a la lejanía, las víctimas no están siendo tomadas en cuenta, más bien, están siendo ignoradas.

La realidad está siendo tomada de forma subjetiva y pareciera que lo único que se persigue es un certificado de participación social, pero en realidad no se está haciendo nada por el dolor ajeno, ni por la experiencia del sufrimiento en el otro ni mucho menos por la experiencia del actuar a favor de lo humano, del débil, del vulnerable.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2020. No. 1315