Por Tomás De Híjar Ornelas

“La pandemia ha demostrado esto: la salud humana no puede separarse de la del entorno en el que vive” Papa Francisco

Si usted se pregunta por qué en México se pasa por alto la efeméride de la consumación de su Independencia el 28 de septiembre de 1821, a cambio de potenciar la de uno de sus inicios –hubo otros antes y después–, el más ruidoso,

sangriento y anárquico al final de cuentas, el que azuzó la madrugada del 16 de septiembre el párroco de la Congregación de Dolores, de la Intendencia de Guanajuato, en el Obispado de Michoacán, don Miguel Hidalgo, entre muchos de sus feligreses de no salían aún de la resaca de sus fiestas patronales, podría leer no sin provecho la cáustica novela de un coterráneo del Cura, Jorge Ibargüengoitia, que dio a la luz en Barcelona Los conspiradores (Argos Vergara, 1981), que por acá se editó a la vuelta de un año y bajo el título Los pasos de López, y en la que sin ánimos revisionistas pero sí con una crítica de fondo, baja del altar de la patria a sus figuras paradigmáticas para exhibirlas como seres de carne y huesos, a ratos muy humanos, incluso demasiado…

La respuesta más cercana a esa dificultad, la de conferir el nacimiento de México (Imperio primero, República Federal poco después, Imperio en segunda vuelta y República Presidencial con tintes federalistas hasta el presente), a la firma del Acta de la Independencia Nacional al día siguiente del arribo del Ejército Trigarante a la ciudad de México en la fecha primeramente citada, es su caudillo, Agustín de Iturbide, que sigue en el limbo del panteón patrio por su clara posición política conservadora.

Y hoy, que el enmohecido filo de los adjetivos descalificatorios se viene limando con mordentes cada vía de más abrasivo efecto y motivaciones en nada similares a las del hidalgo manchego Alonso Quijano (o Quezada) cuando embotados los sesos por la lectura obsesiva de las novelas de caballería pasó a llamarse don Quijote de la Mancha, nos conviene recordar lo lejos que seguimos de hacer de la historia la explicación de un proceso del que somos herederos y no un género literario muy rara vez de la talla de la novela aquí citada.

El Plan de Independencia de la América Septentrional (más conocido como de Iguala por la ciudad donde se proclamó, el 24 de febrero de 1821), es el manifiesto donde el más destacado de los jefes militares de entonces declaraba a la Nueva España como país soberano e independiente, invitando a sus congéneres a unírsele en abierto repudio a los vaivenes del “trienio liberal” en la Madre patria, con los siguientes cuatro postulados: separar del trono español la Nueva España y las intendencias y diputaciones provinciales adheridas a él (de ahí la modalidad de ‘Imperio’ y no de ‘Reino’ para la nueva entidad); ofrecer la corona a Fernando VII o de algún miembro de su dinastía que él delegara, tutelar la fe católica como la única religión del Estado y abolir para siempre los estamentos a fin de producir unión de todas las clases sociales.

Pues hete aquí lo que sigue provocando escozor entre los marisabidillos y cicateando el lugar protagónico que sí tuvo el malogrado primer gobernante de lo que hoy es México, es el reconocimiento de tales postulados como la piedra angular de lo que siguiendo los pasos del vecino país del norte habrá de convertirse en Estados Unidos Mexicanos.

Me temo que mientras no cambie esta visión maniquea, el mejor lugar para que descansen los restos de Agustín de Iturbide, seguirá siendo la capilla de San Felipe de Jesús, en la Catedral de México, y no la Columna de la Independencia, hoy soporte de toda clase de acciones impulsivas y vandálicas en contra del patrimonio edificado. Y que el gesto que retirar del muro de honor del Congreso de la Unión su nombre al tiempo de celebrarse el primer centenario de la Independencia, en 1921, más que una ofensa a la postre puede considerarse lo contrario, un reconocimiento…

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2020. No. 1315