El día de su Ascensión, Jesucristo dijo a sus discípulos: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la Tierra” (Hch 1, 8).

Fue así que, a partir de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, “con gran poder los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hch 4, 33).

Lo que escribió san Pablo a Timoteo es también un llamado para todos los bautizados de hoy: “No te avergüences del testimonio que has de dar de nuestro Señor” (II Tim 1, 8).

Dice el decreto Ad Gentes, documento del concilio Vaticano II sobre la actividad misionera entre los no cristianos, que “todos los fieles…tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo” (n. 36). “Y teniendo una viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles” (n. 35).

Así que la actividad misionera no es sólo para los presbíteros, religiosos y misioneros seglares que se van a Asia, África u otros lugares donde aún no se conoce a Cristo. Es tarea de todos los bautizados. Ciertamente no todos irán entre los paganos de tierras lejanas a anunciar la Buena Nueva, pero puede cooperarse de diversas maneras, iniciando con la oración, y también con la ayuda económica.

Ahora bien, considerando que hoy en día, en el mundo occidental hay cada vez más personas que, bautizadas o no, viven de una manera pagana, las oportunidades de ser misioneros para conducir las almas hacia Cristo son muy extensas.

Juan Pablo II, en la Redemptoris Missio, lamentaba de la misión ad gentes que «se vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada» (n. 34. Quizá parte de lo que sucede es que occidente ya perdió su “amor del principio” (Ap 2, 4); se acostumbró tanto a vivir entre signos del cristianismo (cruces, templos, imágenes, etc.), que éstos ya no le impactan; no se da cuenta del tesoro que aún posee, pero que puede perder si no lo cuida y lo comparte con otros.

El siguiente testimonio, que recoge Ayuda a la Iglesia Necesitada, da cuenta de la importancia radical que tienen las misiones y el encuentro con Cristo, al grado de que, quien lo experimenta, en adelante hace girar su vida en torno a la fe, aunque ello conlleve perder todo lo que se tenía e, incluso, enfrentar peligro de muerte:

Seyed Mohammad Mahdi, originario de Irán, país en el que la libertad religiosa no existe y donde tener una Biblia puede significar una sentencia de muerte, tiene 38 años de edad y ha tenido que dejar a su familia y su país, y refugiarse en España debido a su conversión a Jesucristo. Él cuenta:

“Mi vida en mi país era normal, feliz, junto a mi familia y a mi hija, hasta que comencé un viaje de fe. Fue muy duro porque quería ser cristiano”.

Sin embargo, “en mi país está prohibido el cambio de religión del islam. Por eso yo tuve que salir de mi patria. No sé cuánto tiempo estuve sin comer, sin agua, andando por montañas, ríos, todas las noches con miedo a la policía y a la gente. Pero gracias a Dios estoy sano y salvo, estoy con Jesús, en un país libre donde puedo vivir mi fe con libertad”.

Cuenta con una Biblia en idioma farsi, que es el idioma iraní, y con un rosario. “Es todo lo que tengo ahora”, dice, pero “es algo prohibido en mi país. Tampoco los cristianos allí podemos llevar la cruz en el pecho”.

Continúa: “Cuando llegué a España, fue la primera vez en mi vida que vi una iglesia. Entré y sentí algo muy especial. Entré para dar gracias a Dios por haberme conservado la vida porque fue un viaje muy duro”. Y “cuando recibí el Bautismo, fue como si Dios me diese un alma y un cuerpo nuevos, sentí eso. No puedo dejar de pensar en Jesús. Cuando me despierto, cuando me acuesto, cuando voy caminando, pienso que Dios ha hecho todo bien y el mundo es bonito, es precioso”.

TEMA DE LA SEMANA: MISIONES: LLEVAR A CRISTO HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2020. No. 1319