Por Tomás de Híjar Ornelas

“Evangelización no es sinónimo de colonización [es hacer] rebozar la vida del hombre para que viva bien y feliz.” Arturo Lona

Redacto esta columna el día de la Conmemoración de los Fieles difuntos que el neopaganismo chafa de nuestro tiempo se empeña en apodar ‘Día de Muertos’, como si trivializar la muerte fuera una hazaña y más presentándola como lo hacen sus promotores, a modo de valladar de otra parodia grotesca del mercantilismo, el Halloween yanqui, que se engasta para la Iglesia en México en el marco de una pandemia que hasta el presente a costado la vida de más de 90 000 personas, entre ellas, el 31 de octubre del 2020, faltándole un día para alcanzar la edad de 95 años, de don Arturo Lona Reyes, Obispo emérito de Tehuantepec, cuya vida y ministerio sintetiza el Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, don Rogelio Cabrera, Arzobispo de Monterrey, en un Comunicado de esa fecha, así: “sirvió́ como pastor [a los fieles] durante su vida.”

No es la frase, en este caso, un mero lugar común. Oriundo de la ciudad episcopal de Aguascalientes, aunque se ordenó presbítero en 1952 para servicio del clero de Huejutla. Recibió la encomienda de la diócesis de Tehuantepec de San Pablo VI en 1971, a la edad de 45 años, y estuvo al frente de ella hasta que renunció por haber alcanzado la edad canónica, en el año jubilar 2000.

Presidió la Comisión Episcopal de Indígenas en 1972, y se consagró a esa causa con los antecedentes que dejaban tanto la Conferencia de Río de Janeiro (1947) y la de Medellín (1968), como la aludida asamblea vaticana, alcanzando un prestigio muy grande en “la defensa y promoción de los Derechos Humanos de los pobres e indígenas de Huejutla, Hidalgo y en Tehuantepec”.

Según sus cuentas la divisa de su ministerio fue escuchar al que tenía ante sí: “Los pobres me evangelizan”. Y según las de los observadores alcanzó el rango de “obispo de los pobres” por su compromiso absoluto con los excluidos, todo lo cual le puso en la mira del celoso guardián de los intereses de la Santa Sede en tiempos de San Juan Pablo II, representados en México por don Girolamo Prigione, que le tuvo como azote.

A un correligionario del clero de San Cristóbal de Las Casas le pedí su impresión personal de don Arturo, y esto me compartió: “En el aspecto político, izquierdista; en el teológico, heterodoxo; en el pastoral, con muchas fricciones entre sus colaboradores. Mucho clero se fue de allí. Fue congruente en su opción por la pobreza, que hizo su estilo de vida, pero a diferencia de don Samuel Ruiz, que era de índole bondadosa, don Arturo, como superior, era muy enérgico con los subordinados que no comulgaban con sus ideas. Sí algo muy laudable tuvo fue su cercanía con las periferias existenciales. Tal fuera la alternativa por la que optó al frente de una diócesis antigua [1891] pero muy golpeada, muy asediada y con mucha pobreza y miseria”.

Su testamento es un dechado de claridad respecto a las expectativas de su ministerio en el marco del tiempo de su vida: la persecución religiosa en México, la Segunda Guerra Mundial, el nuevo orden internacional que desató esta hecatombe, la revolución cubana, la cultural del 68, pero “sobre todo, influenciado, marcado, animado, impugnado por el Evangelio de Jesús de Nazaret, que leo, medito e intento vivir día a día”.

También, ocasión para expresar su comunión con el Papa, con la Iglesia y sus contenidos de fe y amor al prójimo.

Descanse en paz y reciba en el Reino la recompensa de los justos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de noviembre de 2020. No. 1322