El mundo no ama a los niños, o al menos no como Dios quiere que sean amados. Eso se puede ver a través de diversas acciones que están atentando contra el verdadero bienestar de los infantes. Por ejemplo, cada año son asesinados mediante el aborto unos 53 millones de bebés en el mundo, ya sea porque estorban a los proyectos de sus progenitores, o porque vienen con algún problema de salud, y entonces se les elimina bajo el argumento de buscar “su mayor bien”.

Qué distinto piensa Dios, que defiende a los niños en toda circunstancia. Él advierte: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños” (Mateo 18, 10).

También hoy se ve por todos lados cómo se roba la inocencia de los infantes, y se les impulsa hacia las desviaciones sexuales; esto ocurre, por ejemplo, a través de caricaturas y películas, de la “hora Drag Queen” en bibliotecas públicas de algunos países, de la introducción de muñecas de “género neutro”, y hasta de la mal llamada “educación” sexual que se imparte en las escuelas de casi todos los países desde edad preescolar, llevando a los menores hacia el escándalo, la confusión y, a menudo, a la muerte. Sumando los datos de las instituciones de salud de Estados Unidos y la Gran Bretaña, en estos países han muerto en una década más de 6 mil infantes por habérseles recetado fármacos para que “cambiaran” de sexo.

Pero Jesús dice: “A cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundieran en lo profundo del mar” (Mateo 18, 6).

Tan duras palabras divinas son clara señal de lo gravísimo que es corromper y dañar a un niño.

Hay y ha habido varones y mujeres que realmente se preocupan por la protección de los infantes; piénsese, por ejemplo, en tantos santos y congregaciones religiosas que surgieron precisamente para salvar y dar cobijo, alimentación y educación a los niños. Pero el modelo de verdadero amor hacia los niños siempre será Jesús.

Los evangelios no narran todo lo que realizó el Salvador en sus tres años de ministerio público pues, como dice san Juan, “muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran” (Juan 21, 25). Pero el Espíritu Santo se encargó de que quedaran por escrito algunos pasajes que muestran la ternura de Jesús hacia los menores:

En Marcos 9, 36-37, delante de los Doce “tomó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos, y les dijo: ‘El que reciba a un niño como éste en mi Nombre, a Mí me recibe; y el que me reciba a Mí, no me recibe a Mí sino a Aquel que me ha enviado’”.

En Marcos 10, 13-16 “le presentaron unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: ‘Dejad que los niños vengan a Mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios’…”.

“Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos”.

En Marcos 5, 35-42, Jesús aparece resucitando a una niña de doce años, la hija de Jairo, jefe de una sinagoga. Generalmente el versículo 41 se traduce: “Y tomando la mano de la niña, le dice: ‘Talitá kum’, que quiere decir: ‘Muchacha, a ti te digo, levántate’”.

Pero talitá podría traducirse también como “pequeña niña”, “niña mía” u “ovejita”, que en cualquier caso denota el tierno amor que Dios tiene por los niños.

TEMA DE LA SEMANA: LA INFANCIA ESPIRITUAL: EL CAMINO A JESÚS

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 29 de noviembre de 2020. No. 1325