Por Tomás de Híjar Ornelas

“La longevidad es la recompensa de la virtud” Simone de Beauvoir

Tuve el privilegio de concelebrar la misa que presidió el 6 de enero del 2021 el Obispo emérito de Saltillo, don Francisco Raúl Villalobos Padilla,

en el Seminario Mayor de Guadalajara, en acción de gracias anticipadas por el centenario de su nacimiento, en la capital de Jalisco, que se cumplirá, Dios mediante, este 1º de febrero.

Del decano de los mitrados en México, reseñando su andadura institucional, podríamos decir lo siguiente: que se ordenó presbítero para el clero de Guadalajara el 2 de abril de 1949, en la capilla del Colegio Pío Latinoamericano de Roma, al lado de don Samuel Ruiz García y de don Rafael García González, que junto con él compartirán la sucesión apostólica. Que ejerció su ministerio como formador del Seminario Conciliar de Guadalajara hasta tener el timón de esa nave, entre 1968 y 71, pues el 4 de mayo de este último año fue electo Obispo Auxiliar de Saltillo y titular de Columnata y el 4 de octubre de 1975 nombrado residencial de esa sede, que gobernó hasta el 30 de diciembre de 1999, cuando faltándole poco para cumplir 79 años, la Santa Sede le aceptó su renuncia.

En el plano personal, puedo decir que don Francisco ha sido plenamente, como reza la divisa de su escudo episcopal, in vineam Domini, un “Enviado a la viña del Señor”, y la longevidad, en su caso, un regalo, pues no sólo mantiene una memoria prodigiosa sino también eso que todos sus conocidos ponderan: hombría de bien, sentido de Iglesia, virtudes acrisoladas.

Vaya este comentario, en recuerdo de quien formó parte de una familia copiosa (los 13 hijos de un matrimonio de acendrada fe católica), que dio a la Iglesia a cuatro de ellos, dos presbíteros y dos consagradas, y que vivió todas las andaduras de la Iglesia en el siglo XX: la de persecución religiosa, la de restauración en la ilegalidad, la del establecimiento de directrices ya no hostiles a la relación entre la sociedad civil y la confesional y que ha tenido ya la experiencia de transitar las dos primeras décadas del siglo XXI de la era cristiana con una doble visión: la de un hombre de fe y la de un ministro de Dios.

Por lo que vi y sé, me consta que a don Francisco lo virtud le vino de manera natural en un ambiente familiar por demás sano e integrado; él lo cultivó sin mengua de su talante propio y supo avizorar los tiempos nuevos que se vinieron a la Iglesia en el marco del Concilio Ecuménico Vaticano II. Se fogueó en una diócesis no joven pero tampoco añosa, Saltillo, ejerciendo su oficio de modo ejemplar y dejando a todos los que coincidieron con él un recuerdo gratísimo. Y de todo ello conserva algo que sólo muy pocos, en condiciones como la suya, alcanzan: gratitud, bondad, delicadeza.

Concluyo insinuando, que este caso, el de un varón al filo de la edad centenaria que mantiene en las circunstancias actuales, la fe, la esperanza y la caridad, la edad provecta es un don y el privilegio de seguir aquí, ocasión de mostrar al mundo la belleza intrínseca de un don, el orden episcopal, a la manera que lo dispuso Jesucristo: “Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de enero de 2021 No. 1334