Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La cantante Jennifer López, al final de su actuación durante el juramento del señor Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, manifestó su deseo de tener “una nación bajo Dios, indivisible con libertad y justicia para todos”. Y esto lo dijo en español.

El hecho llamó la atención. No deja de ser gratificante escuchar el propio idioma en tierra ajena y referido aquí, dicen, al presidente saliente. Es sin embargo significativo el que, del contenido, los comentaristas guardaron ominoso silencio. Entre nosotros todo acto con sabor religioso suele ser diluido o silenciado en los medios, sin importar su trascendencia. Esto se llama laicismo intransigente.

En la Biblia, sobre la cual juraron tanto el presidente como la vicepresidenta, tenemos una hermosa oración del rey Salomón pidiendo a Dios “sabiduría” para gobernar a su pueblo. Este gesto de humildad agradó tanto a Dios que, a la sabiduría, añadió riqueza y poder. Desde siempre los gobernantes de los pueblos han acostumbrado implorar a Dios su ayuda y protección. Los gobernantes cristianos invocaban a la Santa Trinidad, lo hacían tocando el Crucifijo o poniendo su mano sobre la santa Biblia. Esta última tradición perdura en los Estados Unidos y la artista expresó su deseo de que su nación sea conducida “bajo Dios”, para que, con su ayuda y bajo su autoridad, la conserve “indivisible con libertad y justicia”. Sabe bien que la unidad nacional, la justicia y la libertad sólo se alcanzan con la ayuda de Dios.

En los Estados Unidos se guarda la tradición de jurar sobre la Biblia, porque el país se formó con integrantes de tres religiones principales: el protestantismo, el catolicismo y los judíos. Los musulmanes también comparten creencias afines. Todos profesan la fe en un sólo y único Dios. El presidente, en este caso un católico, juró gobernar bajo la autoridad soberana de Dios, según el Decálogo de valor universal, “para todos por igual”. Este es la laicidad verdadera del estado no confesional.

Este acto cívico-religioso se hace mediante un “juramento”. Jurar es implicar a Dios en el obrar humano. Jurar “en vano”, con falsedad y engaño, es pretender hacer a Dios cómplice de la propia maldad. Cualquiera que sea la imagen que se tenga de Dios, nadie ignora que un juramento implica un acto irrevocable y del cual tarde o temprano habrá que responder. Con Dios no se juega, decimos. Siempre se jura por alguien superior, el cual nos tomará cuenta. Es un apelo a nuestra conciencia y responsabilidad. Sólo Dios no tiene superior, por eso jura por sí mismo: “Yo, el Señor, lo digo y lo hago”. El que los gobernantes hagan púbico su juramento implica su compromiso sagrado de cumplir con sus promesas y generar confianza entre sus gobernados. No es cosa menor para un gobernante el ser tenido como hombre de palabra, merecedor de confianza.

¿A qué viene todo esto? A que el poder, tan codiciado, tiene su origen en Dios, lo queramos o no. Nosotros creemos en Dios “todopoderoso”; si no fuera todopoderoso, no sería Dios. Porque tenemos el corazón dañado, abusamos del poder divino y lo solicitamos o aceptamos del mismo Satanás, el Contrapoder de Dios. Para Jesús el poder es servicio, no dominio. El gobernante es “mandatario”, mandado no mandón. Todo poder viene de Dios y sólo el que se ejerce bajo su autoridad puede generar bienestar. El gobernante que no muestra en lo que cree, no puede exigir que se le crea. No merece confianza. La historia humana confirma que quien no cree en Dios, cuando experimenta el poder, termina creyéndose dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de febrero de 2021 No. 1335