6˚ Domingo Ordinario (Mc 1, 40-45)

14 de Febrero de 2021

Por P. Tony Escobedo c.m.

En tiempos de Jesús, la palabra “lepra” era usada para un gran número de enfermedades de la piel, no solamente para el padecimiento que hoy conocemos como la enfermedad de Hansen. Los escribas contaban más o menos setenta y dos diferentes condiciones de la piel que se definían como lepra. Algunas de estas enfermedades no tenían cura conocida y por eso se les temía mucho. Además, muchas eran altamente contagiosas, así que se requería que los leprosos vivieran en lugares aislados. La ley de la Torá dice: “Y el leproso que tenga llagas, sus vestidos serán desechados y su cabeza descubierta y gritará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Estará impuro: habitará solo, su morada será fuera de la ciudad” (Lv 13,45-46). El Antiguo Testamento tiene varios pasajes donde Dios aflige al pueblo castigándolos con lepra, así que la gente frecuentemente interpretaba la lepra como un castigo por el pecado.

En este ambiente, la lepra afectaba lo más valioso del ser humano. La persona enferma era considerada como ritualmente impura. A los leprosos se les requería que vivieran solos y mantuvieran una distancia de cincuenta pasos lejos de otra persona, era la sana distancia de aquella época. La persona afligida por la lepra no podía trabajar, por eso tenía que vivir de limosna dejando que su familia se hundiera en la pobreza. En otras palabras, no sólo la impureza física era contagiosa, también se “contagiaban” lo espiritual, lo social y lo financiero. Al final, las consecuencias de tener lepra eran más terribles que la enfermedad física.

El leproso del evangelio de hoy viene a Jesús implorando. Es claro que traspasa el límite de cincuenta pasos que se suponía que debían mantener. El leproso dice, “si quieres puedes limpiarme” (v. 40). Es importante notar que este hombre pide que Jesús lo limpie no que lo cure. En realidad está pidiendo ser restaurado completamente a una vida normal en todas sus dimensiones pues se ha dado cuenta de los efectos devastadores que acarreaba la enfermedad.

Jesús acepta la petición. Recordemos que el primer interesado en que estemos bien es el mismo Señor. Para sanarlo se acerca al leproso y lo toca. Cabe notar que en el contexto donde estaba, su toque parece imprudente porque, para la mentalidad de la época, tocar a un leproso lo habría contaminado tanto física como espiritualmente. Sin embargo, el leproso no contagia la enfermedad a Jesús. Por el contrario es el Señor quien transmite salud y pureza. La presencia de Jesús limpia al enfermo no sólo físicamente sino en todas las dimensiones.

Al final del pasaje Jesús pide que nadie se entere. Tal vez lo hace porque, al sanar al leproso, correría el riesgo de atraer a la gente solamente por sus “poderes mágicos” y, de esta manera, se pondría en peligro su ministerio. La gente lo buscaría por las razones equivocadas olvidando que la misión principal del Señor no era hacer milagros, sino anunciar el Reino.

¿Quiénes son los leprosos del día de hoy? ¿Alguien cercano a nosotros que padezca del alcoholismo, alguien con alguna preferencia sexual que nos desagrada, algún migrante…? El día de hoy sigue habiendo lepras que necesitan ser purificadas. Ojalá que seamos capaces de tocar a todas esas personas que necesitan una caricia que manifieste que el Reino de Dios está presente entre nosotros.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de febrero de 2021 No. 1335