Por Jaime Septién

Marzo parece ser el mes que Francisco ha elegido como una especie de confirmación de su tarea de guiar, en aguas turbulentas y a menudo encrespadas, la maravillosa (por humana y divina) barca de Pedro. El 13 de marzo de 2013 fue elegido Papa; celebró su Misa de apertura del pontificado el día de San José; en marzo pronunció el deseo que iba a marcar su camino: aquél de una Iglesia pobre y para los pobres. Más aún, el 27 de marzo de 2020 tuvo efecto la solemne, sufrida y majestuosa bendición Urbi et Orbi con la Plaza de San Pedro vacía, la lluvia cayendo como lágrimas de amor de Dios por el dolor de su pueblo.

Y ahora eligió marzo para hacer el viaje más difícil de su pontificado: Irak. Sorteando todos los peligros, midiendo cada palabra, pasando al filo de la navaja, puso en alto –en altísimo—a la Iglesia católica. La dejó en su dimensión de verdadera Iglesia fundada por Cristo. No por el poderío ni por el número, sino por la caridad.

Entiendo que, a muchos católicos, incluso buenos católicos, Francisco les parezca temerario. Pero es esa temeridad la que ha construido la Iglesia. Pienso en santos como san Benito, san Bernardo, el propio san Francisco: los veían con temor. No nos gusta que nos muevan, que nos zarandeen, que nos digan que somos hermanos de todos los hombres… ¡Pero lo somos! “El gobierno de Jesús es el amor y la caridad”, dijo el Papa de regreso a Roma. “Pero ¿cuántos siglos nos llevó poner eso en práctica?” Muchos siglos, Santidad. Y aún no entendemos…

TEMA DE LA SEMANA: “UN HOMBRE LLAMADO PAPA”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de marzo de 2021 No. 1340