La mayoría de los católicos jamás han escuchado una homilía o una catequesis sobre las indulgencias; así que, desconociéndolas, no pueden aprovechar este tesoro espiritual de la Iglesia. Las razones básicas del silenciamiento de este tema pueden ser estas dos:

TESORO SILENCIADO

Se ha extendido la creencia infundada de que Dios, por su infinita misericordia, perdona todo y a todos, sin necesidad siquiera de que el pecador se arrepienta, y que por ello, al morir, todo ser humano acaba en el Cielo. Esto se nota especialmente en los funerales, pues se dice del difunto: “Ya está descansando”, “Ya está con Dios”, “Ya está en el Cielo”, cuando lo más probable es que, si no se fue al Infierno, se encuentre en el Purgatorio.

La segunda cosa que suele silenciar el tema de las indulgencias es la mala fama que el protestantismo aún difunde mediante recuerdos históricos lamentables, causando confusión y vergüenza tanto en feligreses como en miembros del clero.

Los protestantes presentan como un hecho histórico que Lutero se separó de la Iglesia católica porque esta “vendía” indulgencias para “comprar” el Cielo. En realidad el asunto de las indulgencias sólo fue un punto, o un pretexto, para que el fundador del protestantismo abandonara la Iglesia y creara su propia religión. Pero ciertamente en tiempos de Lutero hubo muchos abusos respecto de las indulgencias, y también en siglos anteriores, pero no porque la Iglesia hubiera inventado una doctrina absurda de compra-venta del Cielo, sino porque hubo tanto feligreses como clérigos que tergiversaron la doctrina cristiana de las indulgencias.

ABUSOS CONDENADOS

La Iglesia condenó estos abusos. Por ejemplo, en el año 747, durante el concilio de Clovesho, Inglaterra; en el concilio Laterano IV del año 1215; en el concilio de Ravenna del año 1317, etc. En 1330 Juan XXII envió a la cárcel a los hermanos del hospital de Haut-Pas, Francia, por engañar a la gente asegurándole efectos falsos con las indulgencias. En 1392 Bonifacio IX condenó las prácticas de religiosos de Ferrara que ofrecían indulgencias prometiendo a los fieles felicidad perpetua en este mundo y gloria eterna en el otro.

En 1450, en el concilio de Magdeburgo, Alemania, se condenó el error de algunos predicadores que decían que las indulgencias libraban de la culpa del pecado como también de la pena por el mismo. La verdadera enseñanza de la Iglesia siempre ha sido que la culpa se perdona mediante el sacramento de la Confesión, realizado con todos los requisitos: examen de conciencia, verdadero arrepentimiento, propósito de no volver a pecar nunca más, confesar los pecados ante un sacerdote, y cumplir la penitencia asignada.

Como con frecuencia la obra indulgenciada consistía en que los fieles aportaran alguna limosna, en 1567, para evitar más abusos por parte de clérigos amantes del dinero, san Pío V canceló todo tipo de indulgencias que implicaran alguna transacción financiera.

ALGUNOS MITOS

Aún el protestantismo y el anticatolicismo en general siguen presentando una serie de mitos para deslegitimar la doctrina de las indulgencias: Que la Iglesia católica pretende que una persona puede comprar su salida del Infierno mediante indulgencias. Que una persona hasta puede comprar indulgencias para pagar pecados aún no cometidos. Que en la Iglesia católica una persona puede “comprar el perdón” con indulgencias. Que las indulgencias fueron inventadas para obtener dinero para la Iglesia católica.

Todos estos mitos nada tienen que ver con la verdad histórica ni con la doctrina católica respecto de las indulgencias. La Iglesia siempre ha enseñado que nadie puede “comprar” su salvación, y que ninguna indulgencia tiene el poder de perdona los pecados. “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa” (Catecismo, n.1471); y, “puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados” (Catecismo, n. 1479).

Así pues, las indulgencias son una ayuda para entrar más rápido al Cielo, sólo eso.

NO ES FÁCIL

Sin embargo, obtener una indulgencia plenaria no es fácil, pues uno de los requisitos para obtenerla es “no tener afecto a pecado alguno (incluso venial)”, y esto pocos lo logran.

A mediados del siglo XVI había una obra indulgenciada en Roma consistente en visitar siete iglesias, y miles de personas la llevaban a cabo. Un día, tras realizarla, se cruzaron san Felipe Neri y san Ignacio de Loyola. San Felipe dijo a san Ignacio: “He tenido una revelación en la que el Señor me ha dicho que los únicos que han ganado las indulgencias en Roma han sido vuestra merced y otra persona”. San Ignacio respondió: “Pues yo también he tenido una revelación del Señor en la que me ha dicho que solamente han ganado las indulgencias en Roma vuestra merced y otro”.

TEMA DE LA SEMANA: “Indulgencias: tesoros de la Iglesia”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de abril de 2021 No. 1344