Ningún trabajo es indigno. Debemos trabajar por amor

Por Jazmín Espinoza

Hace unos días, una persona me dijo que ya era tiempo de que volviera a trabajar. Me dejó sin palabras. No lo esperaba y siendo sincera, me sentí mal, pues era una duda que he traído desde hace meses.

No tengo un trabajo que sea redituable económicamente, sólo educo, cuido y ayudo a mis tres hijos y me encargo de pendientes de la casa. 

Traía esa idea girando en la cabeza y pensé que probablemente estaba siendo egoísta, que a lo mejor esa persona tenía razón.

Una tarde en la recámara, antes de hacer una tarea que me habían encargado en mi comunidad, le pedí a Dios una respuesta.

Necesitaba que me aclarara qué era lo que tenía qué hacer, le expuse mis deseos, mis miedos y confié en que me iba a responder.

Me dispuse a hacer mi tarea (era un resumen del tercer día de los ejercicios cuaresmales del padre Ernesto María Caro), tomé mi celular y puse el video.

Ya había escuchado los primeros tres días y parte del cuarto, pero no recordaba el orden de los temas y que entonces vi el tema que me tocaba: “San José amaba su trabajo”.

Cuando empecé a escuchar, supe que encontraría la respuesta que tanto anhelaba…

Te comparto un poco de lo que me dejó la plática para que lo escuches en estos primeros días de Pascua y propiciar que también Dios te hable a través de este material:

  • Hay que amar lo que hacemos.
  • No hay trabajo indigno.
  • Debemos trabajar por amor.
  • “El trabajo es lo que hace al hombre semejante a Dios”, Papa Francisco.
  • Los papás construimos a los hijos con tiempo.
  • El trabajo no es más que la continuación del trabajo de Dios.

Y por gracia de Dios entendí que la formación de pequeñas vidas es el trabajo más importante que pueden tener unos padres: que los hijos conozcan y amen a Dios sobre todas las cosas; que se sepan amados; darles valores cristianos; prepararlos para que tomen buenas decisiones el día de mañana; que entiendan que hemos venido a este mundo a servir y que este mundo es pasajero; que cuando cometan errores acudan a sus padres sin miedo; que siempre confíen en ellos… y la lista podría continuar.

Como dijo el padre Caro: “Cuando te digan ¡qué buenos te salieron tus niños! tú diles: no me salieron así, yo me puse a formarlos, ese fue mi trabajo”.

Cuando los niños nacen, son unas esponjitas, todo lo aprenden del medio que los rodea. Cada uno de ellos tiene su personalidad desde el nacimiento, pero dependerá de nosotros encausarlos, guiarlos, moldearlos según nuestras ideas y principios cristianos. 

Que el mundo no te llene la cabeza de ideas como: “tu trabajo de madre no es importante ni suficiente”.

Cuando formamos a nuestros hijos, continuamos con el trabajo de Dios, nos hacemos semejantes a Él y aportamos en la construcción del Reino.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de abril de 2021 No. 1344