Por Tomás de Híjar Ornelas

En su pontificado, Francisco ha advertido repetidamente a todas las nuevas comunidades y movimientos eclesiales que eviten los riesgos del sectarismo y respeten la libertad personal y espiritual de sus miembros.” Massimo Faggioli

Quien acuñó el epígrafe de esta columna es profesor de teología y estudios religiosos en la Universidad de Villanova y autor de un texto luminoso para entender dos retos grandísimos que el Papa Francisco detectó y ha encauzado desde el inicio de su gestión, que publicó hace pocos días en la revista católica La Croix International con un directo y claro: “Los demagogos de la Iglesia: ¿Puede la sinodalidad reequilibrar a las celebridades carismáticas?”.

En él desarrolla una cuestión: cobijar, bajo el estandarte de la evangelización, métodos perversos para medrar aprovechando la necesidad imperiosa y cada día mayor de quienes tienen sed de Dios.

El profesor Faggioli denomina ‘demagogos de la Iglesia’ a los varones y mujeres que seducen adeptos presentándose ante ellos una fuente de la cual dimana directamente de Dios la autoridad para mandar y hacerse obedecer. Uno entre mil puede arrogarse tales prendas un poco y uno entre millares orientar su seducción por la vía religiosa o como más blandamente se dice ahora, ‘espiritual’, pero ¿qué deriva de ello? La herida causada por un número grandísimo de movimientos eclesiales que como las esporas han ido surgiendo en toda clase de materia orgánica en proceso de volverse composta.

No va a la saga de lo apenas dicho, en ambientes ya del todo paganos, el éxito de grupos tan funestos como el de la secta estadounidense NXIVM, que fundó Keith Raniere, hoy convicto a cadena perpetua bajo los cargos de trata de personas, explotación sexual, pornografía infantil y extorsión. Presentada bajo categorías tan destacadas para las generaciones jóvenes de hoy como una organización de marketing multinivel, ofrecía cursos y seminarios de desarrollo personal de ámbito personal y profesional y en México hizo lodo en lo más granado de la prole de magnates acaudalados con Emiliano Salinas Occelli como lugarteniente del gurú neoyorkino.

¿Qué remedio ofrece Francisco, según las cuentas de don Massimo, en el texto suyo que aquí glosamos? El de la sinodalidad, como un freno a “los líderes populistas que ‘secuestran’ la religión sembrando división y explotando la ira de los que se sienten excluidos” (el entrecomillado es del cardenal Luis Antonio Tagle), y la corrección inmediata a abusos y problemas graves contra la fe y la disciplina de la Iglesia.

Hablando de esto, el religioso jesuita Alejandro Labajos señala que “la raíz del problema del abuso de poder en las comunidades católicas” es la ‘seducción espiritual’ a la que apelan personalidades carismáticas seductoras de fuerte perfil mediático, expertas en el uso de un lenguaje espiritualizado y ambiguo a propósito de términos tales como “dedicación, entrega, sacrificio, comunidad, misión”, pero también sin escrúpulos para capitalizar el vínculo de la obediencia ciega de sus adeptos.

A todo lo cual busca Francisco poner remedio desde dos frentes: el motu proprio Authenticum charismatis, de noviembre del 2020, con el que enmendó el canon 579 e impuso a los obispos no aprobar a nivel diocesano un nuevo instituto religioso sin tener antes el visto bueno de la Santa Sede, y el decidido impulso a la eclesiología del pueblo y a la cultura democrática como un freno natural al peligro de las personalidades carismáticas en la Iglesia Católica, toda vez que “la sinodalidad permite reequilibrar la voz de los clérigos de la Iglesia con la voz de los laicos” y conjura la tendencia del carisma a convertirse en cesarismo.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de abril de 2021 No. 1346