Por Tomás de Híjar Ornelas

“La mafia florece donde el Estado no está.” Franco Coppola

Poco después de haber ofrecido a los obispos de México, al tiempo de la apertura de la CX Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano, su propia síntesis del panorama católico en el país en el marco de la pandemia que desde hace un año nos afecta al igual que al mundo entero y de los retos y desafíos de un declive muy acelerado de la práctica religiosa entre los bautizados, el experimentado diplomático, oriundo de la región italiana de Apulia abrumada por dos de las cinco mafias que existen en Italia y representante papal en sitios tan complejos como Colombia, Líbano y Burundi antes de ser nuncio en el Chad y en la República Centroafricana en tiempos de guerra, como lo es de México desde el 2016, decidió, con el ejemplo, comparecer como representante del Papa ante los fieles laicos de una comunidad en el corazón de la Tierra Caliente, secuestrada por el hampa desde hace muchos años, Aguililla, Michoacán.

El caso de esta población es idéntico para muchísimas más a merced de grupos criminales en perpetua disputa por ejercer sobre ellos hegemonía, como en su tiempo lo fueron en esa zona los autodenominados Caballeros Templarios y la Familia Michoacana en el pasado reciente, y ahora lo son el Cártel Jalisco Nueva Generación ante los Cárteles Unidos, y lo que recogió de los vecinos no puede ser más esencial: libertad de tránsito y seguridad.

Siempre a su lado, don Cristóbal Ascencio, obispo de Apatzingán, recibió con esta presencia el espaldarazo del Papa Francisco, él, que no ha vacilado en denunciar una y otra vez el vacío de poder que ahora retienen los malhechores.

Monseñor Coppola se dio tiempo de escuchar el testimonio de algunas víctimas de la violencia en esa comarca, de referir en rueda de prensa cuánto le conmovió constatar en imágenes la brutalidad despiadada de los sicarios del crimen, y del papel que sí puede asumir el clero cuando tiene las agallas para asumir hasta las últimas consecuencias el ejemplo que nos dejó el Buen Pastor, el de dar la vida por las ovejas.

La presencia del Nuncio, luego del aludido discurso en la apertura de la sesión virtual de la CEM viene a ser un modelo de lo que los ministros ordenados pueden imitar si se dejan llenar por la fuerza del Espíritu Santo y de lo que ya hace el clero local en tan malas circunstancias.

El mensaje del Nuncio a los obispos al que aludimos al comienzo de esta columna propone a sus pares “convertir radicalmente nuestra mirada hacia los demás”, “tomar conciencia plena de que todos somos hermanos; de que todos nos encontramos en un mismo barco, ¡y de que no nos salvaremos solos!”, en consecuencia, reevangelizar las comunidades. Aprovechando el año de Señor San José, sugiere aprender de él qué significa ser padre… Y darle al año de la familia una proyección especialmente dirigida a quienes más padecen estos perniciosos efectos, los jóvenes que ya “no conocen la alegría del amor ni el proyecto que Dios tiene para cada uno”, porque “ignoran qué es el amor, qué es un matrimonio, qué es la familia”.

El amor es Dios

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de mayo de 2021 No. 1347