Pot Tomás de Híjar Ornelas

“…despertar la conciencia religiosa en las nuevas generaciones a través de una educación sólida y de auténticas enseñanzas religiosas, [para] hacer frente al radicalismo y al extremismo ciego en todas sus formas y expresiones.” Papa Francisco

Al tiempo que vea la luz pública esta columna tendrá lugar una jornada que hipotecará la suerte de México para los siguientes años.

Esperemos que en ella triunfe la sensatez, la cordura, el diálogo y el respeto a la voluntad popular manifestada en las urnas. Mientras, aquí van algunas ideas a propósito de un mal gravísimo, la violencia criminal institucionalizada ante recursos legales y corporaciones creadas para suprimirla pero que ya no están en condiciones de hacerlo.

Recurren estas sugerencias a lo que hace muy pocas semanas ofreció en conferencia a la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, Arzobispo Janusz Urbańczyk, observador permanente de la Santa Sede ante ese grupo, respecto al terrorismo y sus perniciosos efectos ‘globales’.

Ante todo, se refirió al extremismo violento como “un fenómeno multiforme, impulsado por factores psicológicos, socioeconómicos, políticos e ideológicos”, que además “encuentra un terreno fértil en la actual ‘cultura del descarte’”, y que sólo se le puede remediar alentando la cultura del encuentro, el respeto y el diálogo; brindando apoyo a la familia como núcleo fundamental de la sociedad y a la educación integral de los jóvenes en los valores de la justicia y la paz, peldaños sin los cuales no se puede atender desde “un enfoque global” la prevención y lucha contra el terrorismo y el extremismo violento y radicalizado.

Una ‘cultura del descarte’ como la nuestra alimenta “una visión distorsionada de la persona como un individuo que puede ser usado y descartado”, lo cual favorece a las organizaciones extremistas y terroristas, pues le abre ocasión para explotar los sentimientos de vulnerabilidad y aislamiento que sufren tantos niños, adolescentes y jóvenes, dejándolos aptos para el reclutamiento y asimilación del odio y la violencia, inoculadas incluso a través de narrativas religiosas.

A este respecto, monseñor Urbańczyk corrigió un mentís de nuestro tiempo: “el terrorismo no se debe a la religión, sino al uso inadecuado o a la mala interpretación de la misma”, por tanto, para responder de forma “global y a largo plazo” al fenómeno del terrorismo no basta crear nuevas leyes y duplicar las medidas de seguridad si el cultivo paralelo de “una cultura del encuentro que promueva el respeto mutuo y el diálogo, ambos pilares de las sociedades pacíficas e inclusivas”, para lo cual son inmejorables las enseñanzas religiosas.

Si el extremismo violento sigue en pie y rozagante ahora en el marco de las secuelas sociales y económicas derivadas de la emergencia sanitaria del COVID-19, la comunidad internacional ha de procurar contenerlo previendo, en primer lugar, “la radicalización de los jóvenes, ofreciéndoles oportunidades educativas y laborales, así como programas de rehabilitación y reintegración”; luego, reconociendo a la familia como “núcleo fundamental de la sociedad y de la humanidad”, toda vez que “los jóvenes suelen ser víctimas de la radicalización, especialmente en línea, cuando falta educación y atención en casa”.

En resumen: la raíz de este mal gravísimo, y lo que a favor de su saneamiento debe hacer la Iglesia sólo puede provenir: de padres que eduquen a sus hijos en los valores fundamentales y siembren en ellos las “semillas de la justicia y la paz en la sociedad”; de programas que ayuden a las víctimas a reconstruir su futuro a través de alternativas de rehabilitación y reintegración y de la reconstrucción y mantenimiento de sociedades pacíficas que tengan en cuenta “la importancia del rol de las religiones en la construcción de la paz mundial”. Así de claro y directo.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de junio de 2021 No. 1352