Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Las enseñanzas del concilio Vaticano segundo nos han permitido conocer mejor nuestra fe y vida cristiana. Las celebraciones en nuestro idioma han sido una ayuda notable para ser participantes activos y no sólo oyentes pasivos.

Hemos aprendido que la Misa es una unidad indivisible en la cual la Palabra de Dios y sus expresiones rituales forman un misterio único e inagotable. Lo que anuncian las lecturas es lo que se cumple en la celebración. Hemos ganado en autenticidad y en verdad.

Aprendimos también que la Eucaristía hace a la Iglesia y que la Iglesia hace la Eucaristía. Explicamos: la Eucaristía congrega a la comunidad (iglesia) y la comunidad celebra la Eucaristía. La comunidad reunida en el día del Señor hace memoria de su muerte y resurrección y, al mismo tiempo, el Señor resucitado alimenta y fortalece a su comunidad. Así, la Eucaristía es el centro y momento culminante de toda la vida cristiana. Sin Eucaristía no hay Iglesia. “La Eucaristía es la suprema manifestación sacramental de la comunión de la Iglesia”, decía san J. Pablo II. Por eso Jesús nos dejó el mandamiento de hacer Memoria, recuerdo vivo, de su muerte y resurrección hasta que él vuelva por nosotros. Este encuentro dominical prepara el encuentro definitivo con el Señor Jesús: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!”.

Otra verdad que se desprende de la anterior consiste en que la Eucaristía es la cumbre y la fuente de la vida cristiana. “Manantial y cumbre”, dice el Concilio. Sin el manantial no hay riachuelos donde beber y sin la cumbre permanecemos a nivel de tierra. No hay sacramento más grande que la Eucaristía. Todos los sacramentos nos dan la gracia y la salvación, pero la Eucaristía nos da al Autor mismo de la gracia y de la salvación. Jesucristo está “realmente presente en el Pan y Vino consagrados”. Comulgar es comer su Cuerpo y beber su Sangre gloriosos bajo el “velo” del sacramento; después lo veremos tal cual es.

De esta verdad se desprende que la Eucaristía alimenta y sostiene todos los otros sacramentos, desde el Bautismo hasta la santa Unción. Todos reciben su fuerza salvadora de la santa Eucaristía, por medio del mismo Espíritu Santo. Lo asegura Jesús mismo: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna. El que me come vivirá por mí”. Sin Eucaristía no hay vida eterna. La Eucaristía es la corona del triple y gran sacramento de la Iniciación cristiana.

Finalmente, en la santa Eucaristía devolvemos el mundo a Dios. Seducidos por la serpiente-Satanás, nuestros primeros padres quisieron ser como Dios. Ni “cultivaron ni guardaron” el jardín del paraíso, es decir, ni dieron culto ni obedecieron el mandamiento de Dios. Se apropiaron a su antojo de la creación y se olvidaron de su Creador. En la Eucaristía reconocemos que es “justo y necesario” darle gracias por todo lo que ha hecho por nosotros. De “lo que él mismo nos ha dado”, le presentamos el fruto de la tierra y de nuestro sudor, para que Él lo convierta en el cuerpo y la sangre de Cristo glorioso y nosotros podamos ofrecerle y devolverle el mundo “trasfigurado”, como Él lo creó. La trasformación del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo es un anticipo de la transformación final del universo. Así, por Cristo, con Cristo y en Cristo, el Padre recibe “todo el honor y toda la gloria”, que en justicia le pertenecen. Este es el culto “en Espíritu y en Verdad” que el Padre espera de nosotros. Sólo así llegamos a ser “justos” ante Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de julio de 2021 No. 1358