Por Jaime Septién

San Benito tenía un lema para sus monjes que todo el mundo recuerda…, en parte. En efecto, el “Ora et labora” nos queda muy claro. Reza, trabaja y nada más. Pero se nos olvida –hoy mismo—la tercera parte del lema benedictino: lee.

No se trata de leer por placer estético, por aumentar cultura, por ser más eruditos. No. De lo que se trata es de buscar a Dios a través de su Palabra. El monje benedictino tenía que aunar al deseo de encontrar a Dios el amor a las letras. Por lo tanto, tenía que estudiar. Y estudiar los evangelios, por supuesto, pero también a los Padres de la Iglesia.

De ahí la importancia de los monasterios y de la teología monástica. El que enseña es Dios. Y los que buscan su enseñanza, tienen que ver las pistas que pone en el camino: los textos sagrados.

Nuestros abuelos, quizá nuestros padres, se quejaban de la ignorancia religiosa de sus tiempos. Nosotros ya no podemos deplorar lo que se ha extendido y se ha quedado como una especie de costumbre.

Se suele decir que a Dios no se le encuentra, sino que se le “siente”. Y como a menudo “no lo sentimos”, lo dejamos como un artículo accesorio, bueno solo para ocasiones de peligro o de extrema necesidad.

Hay que estudiar nuestra fe. Hay que ir a los textos primigenios. Hay que ir a los evangelios. Y escrutar la Palabra de Dios como el astrónomo escruta al universo en busca de la estrella que guíe el camino hacia la Patria eterna. Es el legado de San Benito. Es nuestro ADN cultural y espiritual.

TEMA DE LA SEMANA: “SAN BENITO: EL HOMBRE QUE SALVÓ LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de julio de 2021 No. 1357