Por Sergio Estrada

Durante las serie de conferencias virtuales sobre las fundaciones franciscanas femeninas y las religiosas de la Nueva España entre los siglos XVI y XVII, organizadas por la Universidad Pontificia de México, el departamento de Historia Eclesiástica de la UPM y la Conferencia del Episcopado Mexicano, (que se llevó a cabo el 30 de junio) la Dra. Rosalba Loreto, investigadora, profesora y escritora de la Universidad de Puebla presentó el tema: la importancia de las fundaciones franciscanas femeninas y la presencia de religiosas en la Nueva España entre 1598-1767.

Mientras en España los conventos fueron proyectos ejecutados por el alta y la media nobleza, en América los conventos contribuyeron a modelar y exhibir una determinada imagen de la hidalguía y del poder que tenía en América. De esta manera los conventos proporcionaron una importante utilidad política y económica, suministrando el capital benefactor y constituyeron una fuente de patronazgo que facilitaría el desarrollo de las siguientes generaciones.

La especialista explico que el ingreso de sectores familiares como fundadoras contribuyó al desarrollo de políticas de prestigio ejerciendo prerrogativas y monopolios y concesiones exclusivas y atribuciones altamente valoradas en los antiguos regímenes políticos: “Hicieron suyas las ciudades donde las ordenes religiosas se ubicaron intercambiando espacios por lugares de prominencia y el acceso del agua dentro de sus confines”.

La escritora señaló que sin embargo, en algunos casos hubo una estrecha relación de las ordenes religiosas con los conventos que se fundaron entre el siglo XVI y XVIII. En estos periodos se fundaron 1028 conventos y en México alrededor de 56 o 57, que formaron parte de un monopolio del tiempo y espacio en la Nueva España y estos procesos fundacionales hasta 1578 se asocian con la situación política y espiritual de la nueva sociedad.

Dentro de este periodo varios modelos fundacionales en la Nueva España se adaptaron a las nuevas reglas y así se formaron las órdenes religiosas, y en 1777 el 30 por ciento de los conventos eran  franciscanos dando importancia con las ordenes regulares, de esta manera el concilio de Trento señala que los carmelitas son producto de la modernidad y los coloca como herederos religiosos que donde hay franciscanos hay franciscanas, en donde hay jesuitas hay concepcionistas.

Estas uniones se debe a un fenómeno urbano y están ligadas a con ciclos de la fracción de la plata de la Nueva España. Las órdenes surgen de la necesidad de crear espacios de conversión y reproducción del carisma franciscano de las principales ciudades novohispanas. Esto es el resultado luego que el concilio de Trento impide que las monjas no pidan limosna fuera de los conventos y la clausura es estricta de la contemplación y clausura.

La escritora subrayó que las clarisas hacen un voto especial de pobreza y las capuchinas viven de la caridad y las mujeres eran comparadas con los monasterios propios de hombres, siendo las religiosas hermanas de las órdenes masculinas carmelitas-carmelitas, concepcionistas-jesuitas, capuchinas –franciscanos.