El sueño de Ingrid Basaldúa Guzmán, contadora de profesión de 25 años de edad, y originaria de la ciudad de Querétaro, México, es pintar los muros de todo el mundo con mensajes de Dios, mensajes de esperanza.

Por Jesús V. Picón / Aleteia en el Observador

Platícame sobre tu talento, ¿cuándo nace?

▶ Realmente dibujo desde que tenía seis años. Mi hermano mayor fue el que me enseñó a dibujar.

Jugábamos a dibujar y la verdad es que cuando éramos chiquitos, como para cualquier niño mexicano, no había muchas cosas que se pudieran hacer en la casa, por las necesidades de ahí. Entonces, en vez de pedir juguetes, nos poníamos a dibujar.

Después, en la Secundaria, comencé a pintar cuando tenía unos 13 años. Ahorraba mi dinero, lo que me daban para gastar, y con eso compraba mis pinturas.

En la preparatoria, cuando ya tenía unos 17 años, empecé a pintar murales por primera vez, y me preguntaban quién me había enseñado a pintar murales. Nadie me enseñó, sino que, simplemente, surgió una oportunidad muy providente de Dios.

Hubo un concurso en mi escuela preparatoria, y quise participar. Nunca había pintado murales, pero la verdad es que me salió súper bien.

Pero fue hasta que entré a Schoenstatt que me surgieron las ganas y el amor de empezar a pintar cosas religiosas. El estilo que tengo es un poco como de cómics. A mí me gusta mucho todo lo que son cómics: Marvel, DC… Desde que de niña veía muchas caricaturas. Y la verdad es que, durante toda mi vida me di cuenta de que el mejor superhéroe era Cristo.

En el sentido religioso, ¿qué es lo que has estado pintando en murales?

▶ De los murales religiosos nunca pensé que yo iba a estar haciendo algo así. Yo siempre había amado a Dios muchísimo, pero yo no sabía que mi arte podía evangelizar.

Sentía que mi arte era como indigno, porque yo pensaba: “¿Cómo voy a dibujar a Dios, si Dios es tan perfecto y yo soy tan pequeña?”. Pero después dije: Pero Dios me ama con ese arte que tengo.

Me invitaron a pintar a san Marcelino Champagnat, en la Universidad Marista. Y Marcelino Champagnat era un amante de la infancia y de la Virgen María; su historia es muy hermosa porque él decía que ningún niño debía estar sin conocer a Cristo y sin recibir educación.

Ese fue mi primer mural religioso: Marcelino con los niños y con la Santísima Virgen María.

Y después, pinté a un héroe de Schoenstatt, a José Engling, y a partir de entonces empecé a pintar, y a pintar, y a pintar cosas religiosas.

Ingrid, ¿también tienes murales en las calles?

▶ Sí, para mí esto ha sido un proceso como de encontrar lo que Dios quiere de mí. Empecé a tener una inspiración muy fuerte de que tenemos que mostrar a todos lo increíble que es Dios, lo grandioso que es Dios. Ojalá todos lo puedan conocer, especialmente los niños y los jóvenes.

Porque, desgraciadamente, vivimos en un tiempo en que nos atacan con muchas cosas, pero no hay ningún momento para encontrarnos con Cristo. Entonces, que cuando vayan por la calle y vean un mural de Cristo, digan: “¡Guau!”, y que además sepan que lo pintó otro joven como ellos.

Platícame de ese mural que entregaste el día de Pentecostés para unas vías del tren.

▶ Ese punto es bien interesante, y tiene mucho que ver con esa inspiración de la evangelización que yo tengo.

Yo empecé a pintar en esta zona porque una querida amiga me comentó que había una parroquia en el barrio donde ella vive, que antes era una parroquia muy bonita, con mucha comunidad. Pero con el paso de los años, con todo el contexto social y cultural que ha ido modificando todas las tradiciones y el respeto a las cosas sagradas, se empezaron a vandalizar las iglesias.

Me comentó que a esa parroquia la vandalizaron y le robaron cosas; estaba toda grafiteada. Además, esa iglesia tiene como 300 años; es decir, no sólo tiene valor espiritual sino también cultural.

Esa zona se llama barrio del Espíritu Santo, por eso mi proyecto fue sobre Pentecostés. Entregué el mural el 23 de mayo, día de Pentecostés con el apoyo de la comunidad.

¿Qué es lo que sientes cuando estás pintando un mural y pasan las horas?

▶ Pintar un mural es un proceso largo que requiere demasiada concentración, porque los trazos se tienen que hacer bien.

Trato de estar escuchando en el proceso canciones religiosas, porque me ayudan a que en este trabajo yo esté en total conexión con Cristo, y sentirme en esa tranquilidad de estarlo plasmando y decirle: “Ayúdame a que salga bien eso que Tú quieres que yo plasme”.

¿Qué y dónde te gustaría pintar?

▶ Me gustaría pintar en todos lados, llevar este mensaje a todos los sitios donde se pueda; tengo ideas locas de llevarlo a otros países. Sí me encantaría estar pintando un mural entre varios jóvenes en un espacio como el de la Jornada Mundial, o con padres que cantan. Me gustaría hacer algo muy grande entre todos, conjuntando la música y el arte plástico, para gloria de Dios. Hacer esto muy, muy grande, y en espacios cada vez más grandes, donde la imagen de Cristo se vea más grande.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de julio de 2021 No. 1358