El desierto en el que a veces nos encontramos se llena de dudas y solo debemos hacer una sencilla pregunta

Por Viviana Cano

En los últimos meses he vivido momentos vacilantes en mi fe. Mi falta de voluntad, mi cansancio, mi falta de oración, mis pecados y sus consecuencias… no me ayudan tampoco.

Curiosamente a este desierto le acompaña una constante insistencia por descubrir el significado de un concepto que no deja de rondar mi cabeza: santificación.

He escuchado tanto esa palabra y no tengo la certeza de comprender totalmente lo que significa. Santificación: hacer las cosas con amor, ofrecerlo todo para volverse santo y agradar a Dios, ¡¿renunciar o morir a uno mismo?!

Le tengo anhelo a esa palabra, a lo que yo me imagino que es, a lo que me sugiere. Sin embargo, cuando la pienso y hago lluvia de ideas, caigo en el desánimo al ver mis debilidades, al notar mis muchísimos intentos fallidos por tratar de aplicar cada idea de lo que yo supongo que la santidad significa.

Entonces me desespero y me da por hacer mil cosas de fe para salir de mi desierto: oraciones, rosarios, consagraciones…En pocas palabras busco activarme, cumplir, para salir de mi inquietud.

Y es hermoso cómo el Señor despabila mi cabeza y me vuelve a tomar sutilmente en sus manos, sin prisas, cómo me quita las cargas, y de a poco, me vuelve a poner en pie con esperanza. Me lleva gradualmente, como lo ha hecho siempre, como dice aquella frase de C.S. Lewis: “es gracioso como día con día, nada cambia, pero cuando miras atrás, todo es diferente”.

En donde estoy, en este momento de mi vida, en este desierto, en este cansancio, en esta falta de oración, en estos intentos fallidos, allí el Señor me toma de la mano y me muestra que sin su gracia NADA puedo, que yo puedo desesperarme por cambiar la situación y hacer un plan y muchas cosas, pero Él es el dueño y Señor de mi vida.

En esa misma manera en la que me ha ido encontrando en los diferentes momentos de mi camino de conversión, me invita hoy también a querer encontrarlo en la cotidianidad, en la pequeñez incluso, de mis días difíciles.

Si te pasa lo mismo que a mí, te invito a que lo busquemos todos los días, en todas las cosas y personas. Y a que, cuando creamos que no podemos más, que no podemos ser “más buenos”, ni querer a los demás como deberíamos porque estamos tristes, enojados, nos sentimos solos, abandonados, maltratados, confundidos, nos preguntemos: ¿A que me estás invitando hoy, Señor?, ¿qué quieres que haga?, ¿a qué conversión y/o cambio de dirección me estás llamando?

E invoquemos al Espíritu Santo. Él nos va a ayudar a encontrar a Dios en todas las personas y circunstancias de nuestra vida.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de agosto de 2021 No. 1361