Por Ma. Elizabeth de los Ríos Uriarte

Uno de los postulados de la posmodernidad fue la caída de los grandes metarrelatos que daban cuenta suficiente del sentido del mundo y de nosotros en él; frente a este ocaso de la racionalidad ilustrada sólo quedaban ruinas y microrelatos a partir de los cuales edificar la objetividad anhelada salvando los recovecos de subjetividad vertidos en ellos.

Una misión casi imposible pues justo los fragmentos lo son de los individuos y sus ideas, parciales e incompletas. La verdad se tornó líquida como afirmaba Baumann.

Hace cuatro años la Real Academia de la Lengua Española incluyó la palabra “posverdad” como término aceptado para referirse a un concepto que, de voz en voz, se adquiere sin cuestionar y se acepta como verdadero sin ser más que un estado subjetivo de la mente frente a la realidad, es decir, la posverdad no es sino certeza, jamás verdad y tampoco algo que viene “después de la verdad” como su prefijo indica.

La certeza representa el estado de la mente frente a la objetividad de la verdad, mientras que la verdad es la concordancia entre lo que se percibe en la mente de un sujeto y lo que es en sí mismo objetivamente real, así la certeza no necesariamente es verdad y ésta no siempre se asoma al sujeto que la busca, sobre todo si entre la primera y el segundo se interponen causas intencionadas o no que nos alejan más de la objetividad. Por más empeño que se ponga en buscar la verdad, si en su búsqueda se instala la pereza, el orgullo o la vanidad resulta imposible conseguirla.

Lo problemático resulta que, ante la afirmación de invalidez de cualquier verdad objetiva hemos tomado las partes como el todo y la subjetividad como objeto de referencia sobre el cual construir totalitarismos que tejen sus hilos entre el lenguaje inventado y proclamado como unívoco. Tomamos la posverdad como verdad siendo que es sólo un reflejo de la certeza.

La delgada línea entre certeza y verdad se desdibuja cuando se toman las ideas propias como absolutas sin someterlas al juicio de la inteligencia que las confronta con lo que en realidad es.

¿Cómo salvar esta dislocación de términos y afirmar que la certeza, por más que se afirme una y otra vez y tenga un efecto atrozmente contagioso, es sólo un estado subjetivo de la mente que requiere una constatación rigurosa de su solidez? Dos posibles vías se asoman:

Primero, no absolutizar discursos que han sido construidos sobre creencias y prejuicios subjetivos pero que carecen de un referente real y objetivo. Un ejemplo son las etiquetas que imponemos a los demás en función de coincidir o no con nuestras propias creencias. La división derivada de esto propone dicotomías que no concuerdan con la realidad y que lastiman profundamente. “Los del norte” y “los del sur”, “los ricos” y “los pobres”, “los míos” y “los tuyos”, etc… son algunos usos coloquiales del lenguaje carentes de contenido objetivo, claro y perfectamente identificable. La sobre simplificación de la realidad tiende a desaparecerla.

Una segunda vía para vencer la tendencia a vaciar las palabras de su referente objetivo consiste en verificar y constatar lo dicho con lo hecho, es decir, poner en práctica un pensamiento crítico que escape al entendimiento ramplón de la realidad para advertirla en su complejidad y que se sienta interpelado por ella para escudriñarla, someterla al juicio de su veracidad, desnudarla y hasta arañarla al grado de desmitificarla y, si aún así, permanece de pie, abrazarla y asirse a ella como quien se aferra a una salvavidas cuando ha naufragado.

Mantener esta actitud vigilante ante las palabras y los discursos no solamente nos prevendrá de caer en la tentación de tomar la certeza como verdad, sino que nos alentará a desenmascarar a quien así lo tome, no como juicio sumario sino como advertencia epistemológica.

La validez de nuestras afirmaciones sólo viene cuando, una vez confirmada la certeza, esta se inviste de verdad. Antes no.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de agosto de 2021 No. 1361