En el protestantismo suele diluirse la realidad de María al catalogarla simplemente como la madre de Jesús, queriendo con ello oponerse al dogma que afirma que María es Madre de Dios.

María ciertamente es madre de Jesús puesto que, desde el punto de vista puramente biológico, ella le heredó su material genético y lo llevó en su vientre.

Pero como María es la madre de Jesús, también es la Madre de Dios, pues Jesús es Dios.

Decir que María llevó en su seno sólo la naturaleza humana de Jesús es un error; ninguna madre humana lleva en su vientre sólo la naturaleza humana de su hijo, sino que lleva a una persona humana completa, con su cuerpo, su alma y espíritu. María llevó dentro a una persona completa, a Jesús con todo su cuerpo, alma y divinidad. Así, María es Madre de Dios. Santa Isabel, llena del Espíritu Santo, la llama “Madre de mi Señor” (Lc 1, 42); aquí “mi Señor” es claramente un sinónimo de Dios.

Pero al decir que María es Madre de Dios no se pretende ni nunca se ha pretendido que Ella sea anterior a Dios, su Creador, ni tampoco que Ella sea de naturaleza divina.

Ya desde los primeros siglos del cristianismo la Iglesia comenzó a llamarla Theotokos, “la que da a luz a Dios”, o sea “Madre de Dios”. Pero en los siglos IV y V hubo una disputa teológica en la que Nestorio enseñaba que Dios no puede nacer de una mujer, y que a María sólo se le podía llamar Christotokos, “Madre de Cristo”, y no Theotokos.

Con la asistencia del Espíritu Santo, el Concilio de Éfeso del año 431 definió el dogma de María Madre de Dios: “Si alguien no confiesa que Emmanuel es, en verdad, Dios, y por lo tanto que la santa Virgen es Theotokos, porque ella dio a luz de manera carnal el Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”.

TEMA DE LA SEMANA: SANTO DOMINGO: MARÍA, LA HUMILDAD EN EL CORAZÓN DEL DOGMA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de agosto de 2021 No. 1362