Por Arturo Zárate Ruiz

No me entusiasman las películas de Piratas del Caribe, aun con sus desplantes técnicos y de humor. Me parece que idealizar a los piratas es peor que idealizar a los más despiadados terroristas o más crueles narcotraficantes. Los piratas —aun los existen— son nefandos y sanguinarios. Además, esta serie fílmica se equivoca: en ella los piratas del Caribe son españoles (Barbosa) y los que los persiguen son ingleses, cuando fue todo al revés. Si recientemente la volví a ver fue porque mi esposa y mi hijo la propusieron para entretenerse en casa en estos días todavía de encierro.

Mirar de nuevo estos filmes me sirvió, sin embargo, para reflexionar sobre cuán triste es el paganismo y cuán liberador y gozoso es el cristianismo.

Una y otra vez estas películas presentan a una serie de personajes hechizados, condenados a sin fin de sufrimientos. La tripulación del Perla Negra no puede morir (para así transitar a una nueva vida), ni disfrutar nada, ni siquiera el calmar su sed con agua, por la maldición que cayó sobre ellos tras robar el oro azteca de Hernán Cortés. En las noches de Luna llena estos piratas no son más que esqueletos vivientes. La tripulación del Holandés Errante sufre una maldición similar porque el capitán se arrancó el corazón tras ser rechazado por la diosa del mar, con el agravante de que todos los piratas se vuelven mitad hombres y mitad criaturas marinas. El capitán no puede pisar tierra sino un día cada diez años.

De la maldición no se libran como lo haría cualquier cristiano con fe firme, acogiéndose a la misericordia de Dios. No, en estas películas se libran de la maldición, como los peores paganos, con derramamiento de sangre a los dioses aztecas, como lo hizo Barbosa, o sacrificios humanos (otro corazón extraído de un pecho) para la diosa del mar para así librar a los tripulantes del Holandés Errante de ser peces.

Pero esto no es todo. Aún si estos malhechores se libran de su maldición específica, no se libran de sus bajas pasiones ni de su vida en la piratería. Persiste en ellos su mismo curso maldito de existencia. Persiste el sin sentido. Persiste el apego a un destino triste al cual están apegados por siempre. Aun los buenos no esperan la bienaventuranza, sino el ser una vez muertos conducidos, como los paganos antiguos, al Inframundo. Así le ocurrió al papá de Elizabeth, quien refleja en su rostro la desdicha eterna a que está condenado.

Algunos paganos antiguos le llaman karma a la dizque inevitable dureza del destino. La única “paz” que se puede alcanzar es no resistirse al hado. En tiempos de Grecia o de Roma antiguas se era o hedonista o estoico. El hedonista escondía su agonía en excesivos y exquisitos placeres. El estoico aguantaba, poniendo en lo posible su mejor cara, el dolor más profundo. Uno era muy cerdo; otro, muy “macho”. Tales eran las opciones.

No así el cristiano. Aun sirviendo de cena a un caníbal (como ocurre en la película), un discípulo de Cristo no morirá sin esperanza de salvación. Cuenta con el perdón de sus pecados otorgado por el Todopoderoso. Cuenta además con la promesa de salvación y de vida eterna. Y de tener oportunidad de seguir viviendo en este mundo todavía por un tiempo, cuenta con la gracia de la conversión que ofrece Jesús, gracia que permite cambiar el curso de nuestras vidas hacia la alegría y el amor verdaderos.

No sólo los paganos, sino además los neo-paganos necesitan hoy oír de nosotros la Buena Nueva, el mensaje asombroso y dichoso de la ternura de Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de septiembre de 2021 No. 1365