El 16 de septiembre de 2010, con bombo y platillo, tuvo lugar en México la fiesta del bicentenario del inicio de la guerra por la independencia nacional, la cual fue lanzada y encabezada por Miguel Hidalgo, pero que, pudiendo ser breve, se alargó innecesariamente.

Una larga guerra

La rebelión iniciada en el pueblo de Dolores, Guanajuato, tenía como destino lógico la ciudad de México, centro del poder político.

Después de apuntarse la victoria el 28 de septiembre de 1810 en la ciudad de Guanajuato, los insurgentes tomaron el 17 de octubre la ciudad de Valladolid (hoy Morelia), y la ciudad de Toluca el 25 de octubre. Luego, el 30 de octubre, su facción, de unos 80 mil miembros, derrotó en la Batalla del Cerro de las Cruces, en el estado de México, a un ejército de fuerzas realistas que era minúsculo en comparación con los rebeldes, pues, según los diversos historiadores, su número andaba entre mil 500 y 3 mil soldados.

Pocos militares de las fuerzas novohispanas sobrevivieron a dicha batalla, por lo que la ciudad de México se hallaba literalmente inerme. De este modo, el camino para tomarla estaba libre, y la victoria asegurada, lo que significa que, a pocas semanas de iniciado el movimiento bélico insurgente, la independencia de México habría visto su consumación.

Pero entonces ocurrió lo impensable: Miguel Hidalgo, en lugar de avanzar hacia la capital y dar el golpe último y definitivo, dio la orden de retirada. Y se fue con su gente a hacer la guerra a otros lados.

Así que, en lugar de mes y medio que debió durar aquella guerra, se prolongó destructora y sanguinaria durante once largos años.

Cobró la vida de hasta medio millón de personas, una cifra escandalosamente alta si se considera que en 1810 la población aproximada de la Nueva España era de seis millones de habitantes, lo que significa que la guerra mató como al 8.3% de la población total.

División interna

La negativa de Hidalgo de tomar la ciudad de México fue causa fundamental en el distanciamiento entre el Cura y el general Ignacio Allende. Pero había muchos otros motivos de desavenencia; por ejemplo, que Hidalgo permitía el saqueo de las casas por parte de las tropas insurgentes. Allende se lo recriminó, a lo que el Cura respondió que “no sabía otro modo de hacerse de partidarios”.

La gota que derramó el vaso tuvo lugar cuando Allende, en su fallido intento de recuperar Guanajuato, pidió ayuda a Hidalgo y éste se la negó. Entonces Allende lo acusó de egoísta y traidor.

La división debilitó al ejército insurgente, y los caudillos murieron fusilados en 1811. El hecho es que ni Hidalgo, ni Allende, ni los hermanos Aldama, ni Abasolo, ni Morelos, ni Mina, ni Mier y Terán, ni demás líderes lograron la consumación de la independencia de México. Ésta llegaría con don Agustín de Iturbide el 27 de septiembre de 1821, por lo que, ahora sí, es el bicentenario de la independencia.

TEMA DE LA SEMANA: UN BICENTENARIO SIN IDENTIDAD Y SIN MEMORIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de septiembre de 2021 No. 1368