Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

“Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.” Edmund Burke

Me valgo de una frase hecha, de un lugar común, de una muletilla que todos hemos usamos y pudieran estar ahora en los labios de muchos católicos de Francia, México, España e Italia, a propósito de dos noticias que se divulgan casi a la par y con el mismo contenido: la falta de honestidad en la conducta y disciplina de gentes de Iglesia.

Lo uno deriva del informe presentado en Francia por Jean-Marc Sauvé, presidente la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales a menores de edad en Francia (ICASE), compuesta por 21 miembros, todos electos y nombrados por los obispos y religiosos de Francia, y es el fruto de un trabajo laborioso e intenso en el que se invirtieron dos años y medio, por el que se sabe que de 1950 a nuestros días hay unas 216.000 víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y religiosos católicos en Francia en contra de menores de edad.

Lo otro, por haberse divulgado que, en el año 2010, el responsable de la congregación de los Legionarios de Cristo, Luis Garza Medina, el más cercano colaborador que fue del fundador de ese instituto, el michoacano Marcial Maciel, tomó la decisión de ocultar y proteger unos 25 mil millones de euros en un ‘paraíso’ fiscal.

Lo primero implicó escuchar la declaración de cientos de víctimas, que debieron exhumar dramas sepultados tal vez en lo más profundo y doloroso de los recuerdos de personas que ahora son casi todas ancianas y ya con los datos en la mano, previo a la recepción del informe final, una visita en pleno de los obispos al Papa para ponerlo al corriente de lo que él mismo calificó como una “realidad terrible” en primer lugar por “las víctimas, con gran dolor, por sus heridas”, pero también de gratitud con la Iglesia de Francia “por su valor en la denuncia… para que, en la conciencia de esta terrible realidad, unida al sufrimiento del Señor por sus hijos más vulnerables, emprenda un camino de redención” y “a través de la justicia, se produzca el milagro de la curación”.

¿Qué sigue de todo ello? Para la Iglesia, reformas profundas por “los silencios y las disfunciones sistémicas” que toleró tan innominable situación sin corregirla a fondo, de parte tanto de miembros del clero como de personas cobijadas bajo el estandarte de las corporaciones religiosas, y para todos, el esbozo de un camino largo y lento para recuperar la sal y la luz del Evangelio desde su base, la persona de Cristo y el modelo que nos dejó para vencer al mundo sin amoldarnos al mundo.

Por lo que al copiosísimo fondo material de los Legionarios respecta, los datos que se tienen apenas son para darle seguimiento a un capítulo que por lo visto será no menos desgarrador de lo que ya fue para sus integrantes poner al descubierto la doble vida de su fundador, ahora con las cadenas de complicidades que hicieron posible tan abominables maquinaciones, en las que colaboraron las personas más cercanas, en su tiempo, a la Sede Apostólica, y todo, principalmente, por ese factor que Jesucristo más excluyó de sí mismo y de sus allegados: el amor al dinero, al becerro de oro.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 17 de octubre de 2021 No. 1371