“Descuidar el precepto dominical de la Santa Misa debilita a los discípulos de Cristo

y obscurece la luz del testimonio de la presencia de Cristo en nuestro mundo”. Juan Pablo II

Por Claudio de Castro / Aleteia en El Observador

Aquella noche me encontraba con mi hija Ana Belén en el supermercado comprando los víveres que hacían falta en casa. De pronto anunciaron que el virus había llegado a Panamá. En menos de media hora el supermercado se inundó de personas con el rostro desencajado, desesperadas, comprando alcohol, desinfectantes, llenando sus carretillas de comida.

–Compremos alcohol para desinfectar– le dije a mi hija.

Pero fue imposible. La estantería se había vaciado en cuestión de minutos.

El miedo paraliza, lo saben todos.

Es un arma eficaz cuando lo usan los gobernantes. No tiene que ver con prudencia o cuidarse. El miedo cala hasta los huesos y obedeces ciegamente. Se trata de quitarte tu conciencia y dignidad como ser humano.

Me dolió mucho cuando cerraron las iglesias. Parecía imposible de creer.

Me dijeron que debía ser humilde y aceptarlo, que era por el bien de todos, para evitar contagios. En esos días empezaban a morir personas en mi país por virus.  A la fecha hemos superado las 7,000 muertes. Es muy triste.

Recuerdo que alguien me dijo: “Sentido común, Claudio”.

Es verdad, había que cuidarse, pero les faltó coherencia, por un lado las iglesias cerradas y por el otro los supermercados repletos, atiborrados de personas comprando, sin distanciamiento social, igual en el transporte público, todos iban apiñados.

Pensaba mucho en Jesús en los sagrarios. Enviaba a menudo a mi ángel de la guarda a acompañarlo. Sabía que estaba solo. Tengo aun presente cuando nos permitieron salir de casa. Unos días salían los hombres, otros las mujeres. Yo solía pasar por alguna iglesia para saludar desde fuera a Jesús.

Una mañana fui e hice esta grabación, con la iglesia cerrada, para compartir contigo al transcurrir el tiempo y recordar lo que insólitamente vivimos los católicos.

Permitieron alimentar el cuerpo, pero olvidaron algo fundamental: tenemos un alma inmortal y la dejaron desnutrirse. Nuestras almas necesitan ser alimentadas y fortalecidas con la oración, los sacramentos de nuestra iglesia, la gracia santificante.

En obediencia acepté, pero con dolor y en mi interior protesté. Sabía bien que Dios suele sacar cosas buenas de las malas, tiene ese poder, es Todopoderoso. Y esperé confiado.

El Papa Francisco acaba de dar a conocer su posición sobre este triste ayuno litúrgico, por el Covid. Te recomiendo que lo leas.

Muchos se acostumbraron a ver la Misa por Internet y por televisión, a distancia.  Ahora que abrieron las iglesias, ¿regresaste a Misa?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de noviembre de 2021 No. 1374