Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Parece que siempre han existido los agoreros que presagian el final del mundo y de la historia, en medio de grandes cataclismos. Es un recurso para generar miedo y así, pretenden presuntamente, lograr la conversión o el cambio de vida.

Es necesario ser cautos para evitar caer en estas situaciones, muy socorridas por algunos sectarios y recientemente entre algunos que se consideran católicos, pero que han perdido esa sensatez propia de los que esperan la segunda venida del Señor, -su Parusía, con una lectura de cataclismos ciertos y comportamientos de amoralismos y apostasías, pero que no necesariamente, son ya el preludio del fin inmediato y castigo venido de lo alto.

Para los cristianos primitivos, la Parusía o la Segunda Venida del Señor, se entendía en una dimensión de esperanza; ese es el por qué se oraba para su realización próxima. Se usa una palabra aramea para los cristianos y lectores griegos: ‘Marana tha’, que traducido sería Señor nuestro, ven. San Pablo al final de la Primera Carta a los Corintios dice: “Este es el saludo de mi puño y letra: ‘Pablo’. Si alguno no ama al Señor, ¡sea maldito! ¡Marana tha! La gracia del Señor Jesús esté con ustedes (21-22). No la traduce; quiere decir que era expresión conocida. También la encontramos en ese libro cristiano primitivo, la Didajé, -según Quasten es “El documento más importante de la era post-apostólica y la que más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos (la datación más probable, año 70 d.C). En él leemos: “Venga la gracia y pase este mundo…Marana tha. Amén” (10,6). Por supuesto, las palabras más conocidas por nosotros, las encontramos al final del Apocalipsis: “El Espíritu y la Novia dicen: ‘¡Ven!’. Y el que escucha diga ‘¡Ven!’… El que da testimonio de estas cosas dice: ‘Sí volveré pronto’ ¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!” (22, 17.20). Este último libro de la Biblia contiene el testimonio de Jesús ( Ap 1,1; 5,5) y éstas últimas palabras son del Esposo Jesús y de la Esposa la Iglesia unida al Espíritu Santo, ‘El Espíritu y la Novia dicen ven’.

En la oración que nos enseñó el Señor Jesús, el Padre Nuestro, decimos ‘venga tu Reino’; por tanto, oramos también por la ‘segunda venida del Señor’, es decir, podemos sentirnos implicados en la oración del Espíritu y de su Esposa, la Iglesia, y pedir su pronta venida, es decir, su Parusía. Reino que intensiva y extensivamente, -la presencia de Jesús, debe de darse, cada vez más hasta su culminación, primero en la historia y después en la gloria.

En los discursos de Jesús que conocemos como ‘escatológicos’, (Mc 13,14-32; Mt 24,15-25; Lc 21, 20-24) se refieren al fin del mundo; conllevan ciertas dificultades de interpretación para nuestra mentalidad por el empleo del género literario ‘apocalíptico’, no es fácil de entender; es el estilo de lenguaje que utiliza el profeta Daniel o el profeta Ezequiel, con una profusión de imágenes. Por supuesto que se habla de ‘hechos que sucederán’, pero más allá del ropaje de las imágenes apocalípticas del lenguaje, tendríamos que ir a lo esencial; otra cosa es también ‘el tiempo’ en el cual acontecerá el fin absolutamente último del mundo y de la historia, de los cuales como el mismo Jesús nos afirma, ‘no sabe ni el día ni la hora’; además lo que añade san Pedro en su segunda carta que ‘ninguna profecía es de interpretación privada’ ( cf 1,20-21).

Hemos de contemplar la realización inmediata del fin centrado en un tiempo y el que esta realización quede abierta a otra realización; diríamos, una como realización en espiral; se cumple un tiempo y su fin, pero queda abierto a otro tiempo y a otra u otras realizaciones. Así con la destrucción de Jerusalén, -imagen del fin del mundo, acontecida el año 70 realizada por las tropas de Tito y Vespasiano, señalan el fin del mundo judío de entonces. Así podríamos contemplar otros momentos y otras épocas; por ejemplo, el fin del mundo ‘mexica’, con el advenimiento de ‘otro sol’ y otra cultura. O quizá lo terrible, cruel y doloroso de la Segunda Guerra Mundial ¡Qué catástrofe aunada a la explosión de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki! El fin de un tiempo y el principio de otro tiempo que tendrá también su propio fin.

Lo más importante es considerar que el Señor ya ha venido con gran sencillez y humildad, para enseñarnos lo esencial de la vida que es amar como él, hasta entregarse plenamente sin responder a los agravios, sino con el perdón a flor de piel hasta la muerte en cruz. Que él sigue viniendo a través de nuestro amor y de su presencia sacramental en la santa eucaristía que presencializa su entrega y a través de la cual ‘anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección’ y le decimos con todas las fuerzas de nuestro corazón Marana tha, ‘ven Señor Jesús’. Esperamos, pues, su segunda venida gloriosa con gran poder y majestad. Por eso podemos afirmar, que el fin-futuro ya ha comenzado a través de su resurrección; ya empezó a hacer nuevas todas las cosas, empezando por la renovación de nuestro corazón, nuestra verdadera vida en el amor como resucitados, lejos de todo egoísmo.

La segunda venida del Señor, no ha de verse bajo signos catastróficos de miedo; a esto vale la indicación de san Agustín “…¿Qué clase de amor por Cristo sería el nuestro si temiéramos que él venga?”(Enarr. In Ps 95,14). Él iluminará todo en la verdad y en la justicia. Los inocentes serán restituidos en la justicia; en él se conocerá el amor como el valor absoluto. La vida cruel e injusta, dejará de existir para siempre. Adiós a lo legal injusto; a las prácticas tracaleras y corruptas, a la explotación y el abuso de todo cuño.

Es Jesús, quien fundamente y alimenta la verdadera esperanza. La historia humana, tendrá un fin, necesariamente. Ya no habrá tiempo, -como medida del movimiento, ni espacios siderales; existiremos en la plenitud del Misterio de los misterios, el Misterio de Dios, Uno y Trino. Sus palabras no pasarán (Mc 14, 32). Él será nuestro ‘Abrazo’ vital y realísimo con el Padre en el Espíritu de Amor.

Es impensable para un cristiano tener una esperanza de oropel, es decir, un optimismo disfrazado. Necesitamos la verdadera esperanza para poder vivir.

Es Cristo Jesús, resucitado, el principio y fundamento de nuestra esperanza; en él y a través de nuestra cooperación con él en la Iglesia- Comunión llevamos la vida en proceso germinal de gestación hasta llegar a la plenitud en Dios.

Parecen hoy completamente desfasados, aunque insistentes, las prédicas apocalípticas del fin del mundo, estilo adventista o testimonial de Jehová y de algunos pseudomísticos; hoy preocupa la crisis ecológica, sumamente grave, crisis de toda vida e incluso del mismo ser humano. Abundan las crisis neuróticas, los vacíos existenciales, en las mega ciudades despersonalizadas y masificadas. El desastre llama a nuestras puertas; parece que no hay retorno.

Entonces ‘el fin del mundo’ no es un tema recurrente del pasado; está presente de diversos modos en los cuales se pone en peligro la existencia de la vida sobre la tierra tanto por una guerra irracional o un desastre ecológico total. Valdría la pena releer la encíclica del Papa Francisco ‘Laudato Si’, el Papa de nuestro tiempo quien nos invita a la Comunión con la naturaleza, con Dios y con todo ser humano. ‘Porque el tiempo se está acabando’, comentó recientemente el Papa Francisco después de la realización de la Cumbre ecológica en Glasgow.

Para el discípulo de Jesús e hijo de la Santísima Virgen María, no es la destrucción el final de la vida, sino la nueva creación, apoyados en esta afirmación consoladora del Apocalipsis: “…Yo hago nuevas todas las cosas” (21, 5). En Cristo hemos de tener la vida digna y plena. A través de él reinará la paz y el amor. Podrán venir ‘fines’ parciales, con cataclismos y muertes innumerables; podrán reinar el amoralismo y la apostasía. Pero será en un tiempo y un poco de tiempo; porque son insoportables, por más intentos de librarse de represiones, no se puede permanecer en los miedos, en las situaciones límite de Jaspers, en las depresiones. Estamos flechados a la esperanza; es nuestro horizonte. A ella nos llevan la sonrisa del bebé, los jóvenes enamorados, los papás esforzados por dales un mundo mejor a sus hijos, y los discípulos de Jesús que amamos apasionadamente a la humanidad y que nuestro baluarte es Jesús y nuestra pasión es luchar por la Civilización del Amor, que no termina en el tiempo, sino que se consuma en la eternidad, su última etapa, su ésjaton.

Estamos en el fin, pero todavía no el final. Porque ‘ni el Hijo del hombre, sabe el día ni la hora’ y ninguna profecía es de interpretación privada: “Pero, ante todo, sepan que ninguna profecía de la Escritura se puede interpretar por cuenta propia, porque ninguna profecía ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que dejándose llevar por el Espíritu Santo, los hombres hablaron de parte de Dios”. (2 Ped 1, 20-21).

Termino con un verso de la poesía de Santa Teresa de Jesús ‘Vivo sin vivir en mí’, la estrofa séptima, después del estribillo ‘Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, /que muero porque no muero’: ‘Aquella vida de arriba, /que es la vida verdadera, /hasta que esta vida muera, /no se goza estando viva: /muerte, no me seas esquiva; /viva muriendo primero, /que muero porque no muero’.

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