Por Arturo Zárate Ruiz

Ciertamente, Dios quiere que la unión que funde familias sea entre un solo hombre y una sola mujer, hasta que la muerte los separe. Ciertamente, Dios prohíbe además la fornicación (sexto mandamiento) pues supondría olvidarse de la exclusividad en la relación entre ese solo hombre y esa sola mujer, y afectaría la debida atención a los hijos. Pero que así lo quiera Dios no significa que el matrimonio y familias católicas sean o hayan sido prácticas muy comunes en el mundo. De hecho, como norma social, han sido más bien excepcionales.

Según reporta Joseph Henrich, el 99% de las sociedades no comparten las normas de la Iglesia Católica; un 85% no comparten inclusive la regla monogámica.

Para fortalecer los lazos internos de una clase, un clan o una tribu, muchos grupos han promovido los matrimonios entre primos, entre sobrinos y tíos, e incluso entre hermanos. He allí las dinastías faraónicas en Egipto, extinguiéndose una tras otra por las taras subsiguientes a la consanguinidad. Para los cristianos, estas uniones son inaceptables, menos por los costos corporales que por los costos morales.

En la antigua Roma también había matrimonios entre familiares, según esto, para que todo quedase dentro del mismo clan. O más bien bajo el control del patriarca que no sólo era dueño de esclavos, también de sus hijos a quienes trataba como siervos, no les permitía separarse de su yugo para explotarlos y, si le daba la gana, los mataba.

No así la Iglesia Católica que, con base en las Escrituras, ordena: “el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne”, y fundan así una nueva familia.

En muchas sociedades es válido que los matrimonios los arreglen los patriarcas para consolidar alianzas entre clanes. Entre los católicos, no es que no haya ocurrido, pero la Iglesia siempre ha defendido que los contrayentes acepten libremente, y no obligados, su enlace, a punto de que, si inclusive no quieren casarse de ningún modo, pueden permanecer vírgenes. De allí que entre los católicos hayan florecido los monasterios y muchas órdenes religiosas que han acogido a quienes tienen una vocación distinta a la del matrimonio.

La poligamia todavía la practican de manera frecuente muchos pueblos. Por ejemplo, los musulmanes pueden tener hasta cuatro esposas y múltiples esclavas en su harén. Entre algunas tribus del Tibet y del Ártico, varios hombres comparten una esposa. Y lo más común en todas las legislaciones actuales (a punto tal que lo aceptan los protestantes y las iglesias cismáticas) es divorciarse y el volverse a casar. Se da lo que truculentamente se llama “monogamia serial”: “serás mi única esposa hasta que me divorcie de ti y me encuentre otra”. Que yo sepa, sólo la Iglesia Católica prohibe esto.

En muchos lugares y diversos tiempos, la razón de casarse de un varón era sólo engendrar herederos con su esposa, no amarla. Este varón, si tenía dinero, podía hacer lo que se le diera la gana, por ejemplo, divertirse con muchachas y, aun “mejor”, muchachos guapos que lo complacían, y hasta se le aplaudía por ello (como al parecer ocurre hoy). No se permite así entre los católicos.

Se replicará que los católicos, con base en san Pablo, consideran al hombre como el jefe de una familia. Es decir, nos acusan, seguimos siendo machistas. Pero la jefatura masculina en una familia debe entenderse bien, según la definió también san Pablo y Cristo mismo. El primero advirtió que los esposos deben amar a sus esposas, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella (hasta morir). El segundo señaló que si alguno quiere ser grande, que se ponga al servicio de los demás, es decir, si el esposo “manda” es porque es servidor de todos en su familia, y en especial de sus hijos. Cuando Cristo refrendó la indisolubilidad del matrimonio, también ordenó: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan”. La misión de muchos esposos, una vez tienen hijos, no es servirse de ellos (como ocurre en muchas sociedades), sino servirlos a ellos para conducirlos a Dios.

Con esta visión del matrimonio, la Iglesia ha contribuido no sólo a mejorar las relaciones familiares en el mundo, sino también a establecer la justicia y el derecho. Pues defiende la libertad de los contrayentes, la libertad en especial de las mujeres, la belleza y permanencia del amor entre los esposos, y, entre otras cosas, los derechos de los niños. Que muchos pueblos no lo practiquen así no niega que esto lo quiere Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de noviembre de 2021 No. 1375