Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

El autócrata o la autocracia, es la persona o el sistema de gobierno que concentran en sí el poder, cuyas decisiones están más allá de toda regulación o puede darse emanada por sí mismo o por los órganos legales sometidos. Podríamos señalar diversas formas de personalidades o de formas históricas autócratas. Son particularmente los monarcas absolutos o las dictaduras de cualquier tiempo y de cualquier cuño.

Existe un culto a la personalidad del líder carismático, su voz es la ley y propiamente única. Están en contra de la diversidad de ideas. Es inaceptable la disidencia y es necesario el sometimiento al pensamiento del autócrata o en la línea del sistema autocrático. Refuerzan el ámbito militar. Van en la línea de controles de carácter totalitario. En ese espíritu es el Estado el que dicta y juzga según sus leyes. Controla la educación y va en la línea de controlar los medios de comunicación y el estilo de la vida en lo religioso o en lo familiar e individual.

A veces un hecho de contingencia histórica, como la ‘revolución’, se considera principio absoluto de discernimiento y de orientación; sus émulos, lo encarnan, y se condensa su espíritu en una Constitución. Se habla de libertad de expresión, pero no se pueden contravenir los principios de la laicidad; entonces los ministros de culto están infravalorados, no tienen la dignidad y la grandeza de personas humanas y de ciudadanos. Están sometidos a posturas tristemente legales fruto de esta mentalidad autocrática, trasnochada.

En nuestras sociedades se utiliza la propaganda para enarbolar, generar y orientar al populismo; éste va en la línea de lo que Bob Riemen nos señala como ‘democracia de masas privadas de su espíritu democrático’. No está abierto a la cultura; ni gusta la poesía, la literatura, la filosofía, la teología, el arte y la historia. Se es víctima de la voluntad de poder, de la avaricia y de los intereses personales. Se cultivan los sentimientos irracionales del odio, la xenofobia y el miedo. El miedo hace sensibles a las sociedades ante las falsas promesas de los líderes autócratas y de la autocracia misma.

Un punto nuclear en estas manipulaciones es la ignorancia. Un caso típico de autocracia, la encarnó Hitler y Mussolini. Este último obligo a los mil cien maestros que firmaran la declaración de ‘lealtad’; sin ésta perderían sus empleos. Hitler mandó quemar los libros en mayo 10 de 1933 o la ‘noche de los cristales rotos’ el 10 de noviembre de 1934. En el fondo es acabar con la libertad tan unida a una cultura y a una formación humana completa y seria. Qué importante e imprescindible es trabajar por la verdad, gozar y crear por medio del arte la belleza y esa gran lucha y preocupación por la justicia (cf Bob Riemen, ‘para combatir esta era’).

La dignidad de toda persona humana es la piedra de toque que nos pone alerta contra todo tipo de autócratas y de autocracias ordenados a pisotearla, esclavizarla o a someterla a sus visiones y sistemas.

Autócratas y autocracia, se dio en los tiempos de Jesús; él fue víctima de éstas bajo el signo de leyes civiles aquellas del sometimiento al Imperio Romano o de leyes religiosas de su tiempo, que rayaban en lo leguleyo; ambas bajo ciertos rubros contra la dignidad del ser humano. Por eso crucificaron a Jesús, ante una masa manipulada.

Cristo de víctima, se trasforma en vencedor, -Víctor quia víctima, como lo señala san Agustín (Conf 10, 43). Ante estos autócratas y autocracias aparece la soberanía de Cristo que se recuerda y se celebra al final del año litúrgico: la solemnidad de Cristo Rey del Universo (Jn 18, 33b-37). Esa verdad que Pilato buscaba, se le da y se nos da en esa entrega total de Jesús quien nos ama y nos ha redimido con su sangre, ofreciéndonos la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Los autócratas o la autocracia de carácter político o religioso, también puede florecer en nuestro pensamiento y actuación por el egoísmo; el culto al ‘ego’, la autojustificación y los comportamientos que dañan a los demás, en incluso dañan la comunión en al Iglesia, cuando se ataca al Papa.

Quizá hoy nos convenga hacer una reflexión sobre Cristo quien es el centro y la norma absoluta de comportamiento; quien es ‘ayer, hoy y para siempre el mismo’ ( Heb 13,8); él  nos permite valorar al autócrata y las autocracias, de los demás y las propias.

El pensamiento humano ha tratado de captar la realidad bajo dos elementos: lo ‘fáctico’, que es lo inviduado, sensible, casual y concreto, lo que acontece en el espacio y en el tiempo, por una parte; y lo ‘necesario universal’, por otra, cuya universalidad implica lo abstracto para regular y superar lo singular, superando lo concreto. Para comprender lo histórico, se debe buscar un ‘sujeto general’ que actúe y se manifieste en lo histórico y sea a la vez una esencia universal normativa. Así podría ser Dios, pero él está fuera de la Historia y no la necesita para comprenderse a sí mismo; por otro lado, sería el hombre, pero será siempre un individuo, ontológicamente igual a todo ser humano y por tanto no puede dominar la Historia en su conjunto y totalidad. Por esa misma condición ontológica, -filosóficamente, se puede fundar una democracia objetiva en comunidad de destino y sus miembros siempre solidarios. Ningún individuo puede elevarse para dominar a los demás, pondría en peligro la condición metafísica de cada ser humano, de la humanidad, en una palabra.

Entonces un individuo, una persona humana, no puede dominar la historia, ni ser el criterio para entenderla ni que puede ser la norma absoluta de comportamiento. Hasta aquí la reflexión filosófica.

Podría ser, si se da el milagro: la unida entitativa de lo divino y de lo humano, en un sujeto, que como tal es irrepetible y absoluto. Pero esto solo es posible en el rango de la fe y por tanto en la reflexión teológica que tiene como paradigma fundamental la encarnación del Hijo de Dios y por tanto quien abarcaría toda la Historia, porque está en la Historia por su condición humana y la trasciende por su condición divina. Por la unión hipostática, -es decir por esa unión de la naturaleza humana en la persona del Verbo, todo sirve para la autorrevelación de Dios. Por eso Cristo Jesús, -Dios y Hombre verdadero, es el centro del mundo y de la Historia; él mismo es la clave para adentrarnos en la creación y para profundizar en el mismo Dios. Su palabra y su existencia poseen la verdad en conexión con su vida, por el amor al Padre hasta la muerte en Cruz. Su entrega en la Cruz y la continuación de su presencia en la Eucaristía, que perpetúa el misterio de su inmolación, de su muerte y resurrección, es el camino y el modo de ser el Rey y el Señor Universal (cf Urs von Balthasar, Teología de la Historia).

Seguirlo a él en esta su lógica extraordinariamente ‘regia’, nos libera de nuestras personales autocracias y nos permite con serenidad y objetividad cristiana valorar los autócratas y autocracias, que son limitadas y llevan en sí el germen de su fracaso y necedad. A este propósito el Salmo 2 nos lo señala: ¿Por qué se agitan las naciones y los pueblos se rebelan en vano? Los reyes de la tierra se sublevan y los poderosos conspiran contra el Señor y su Ungido (=Mesiash, en hebreo, Cristós, en griego). Vale la pena relacionar este texto con el texto de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan, salieron de la cárcel ( Hech 4,25 ss).

El Reino de este Rey no está todavía acabado. Tendrá ataques de los autócratas y autocracias otros, otras y las propias. Aunque esos poderes han sido vencidos en la Pascua del Señor, -su pasión, su muerte y resurrección, habrá un momento en el cual Cristo habrá de someter todo y el mismo se someterá al Padre ( 1Cor 15, 28), al final de todo.

Nos unimos en nuestro permanente hoy, al cántico de los ángeles ante la presencia de los Cuatro Vivientes y de los Veinticuatro Ancianos en loor de nuestro Rey que es el Cordero: “Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos (Ap 5, 12. 13). Todos respondemos, Amén.

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