Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Cuando se desea servir a una nación la condición primera es amarla. Sin conocerla, esto es imposible. La manipulación de la historia patria es obstáculo mayor que suele suplirse con el recurso a las ideologías. La microhistoria, la vida de las familias y de los pueblos, portadores del alma nacional, es auxilio indispensable, aunque de limitada utilidad.

No hay que confundir la microhistoria con la pequeñez de las ideas, o con la escasez de las mismas. Temo al lector de un solo libro, decían los antiguos. Pocas ideas, pero bien fijas decimos ahora, aplicando el dicho a las ideologías, entendidas éstas como mirada unificadora de la vida, desde el punto de vista de un grupo determinado. Toda ideología es una visión parcial que pretende que un grupo particular identifique sus aspiraciones con las de la sociedad global (Cf. DP 535).

La ideología pretende, consciente o inconscientemente, imponer un único interés absolutizador de la verdad, del modelo de sociedad y de pensamiento. Su discurso suele ser repetitivo, excluyente, despreciador de las instituciones, reintérprete de la historia y del lenguaje. Se cambia la nomenclatura de las calles, plazas y ciudades, y se trastocan sus estatuas, monumentos, héroes y señales; sobre todo, se concentra el poder en una sola persona, en un grupo o en un partido. Las hay de izquierda o de derecha, ateístas o religiosas, militares o humanistas, de todo género y especie. No es fácil escapar de su influencia y seducción.

El siglo pasado fue el siglo de las ideologías, las cuales prohijaron dictadores vitalicios tanto en Europa como en América. Su visión de pensamiento único no pudo abarcar la realidad, y generaron dolor sin cuento. Su visión reduccionista, abstracta y cerrada como una esfera, terminó chocando y haciendo explotar la realidad. Todo fue tragedia y dolor.

El Evangelio, discerniendo los posibles valores allí contenidos, se presenta como católico, es decir universal, capaz de insertarse en todas las culturas, fecundarlas, purificarlas y devolverles su dimensión trascendente y universal: la unidad de pertenencia al género humano y el reconocimiento de su común dignidad. Fratelli tutti, nos ha recordado el papa Francisco. Reducir el Evangelio a una ideología es un pecado de lesa humanidad. De la ideología de género, explica: No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como un don. (AL 56)

La humanidad avanza de crisis en crisis, como un juicio de Dios, advertencia al hombre y oportunidad de mejorar. Las hemos padecido graves, pero parciales. Ahora la crisis es total. De vida o muerte. Ante la pandemia, el cambio climático, las migraciones, el armamentismo y la economía cruel que nos rige, ninguna ideología es capaz de ofrecer una solución satisfactoria. Hemos remplazado la virtud de la Esperanza por el llamado progreso -sin alma, sin corazón, sin moral- que nos está acercando al aniquilamiento total.

Entre tanto, los poderosos, de los que decía Jesús que sojuzgan a las naciones, las dominan y se jactan de llamarse bienhechores, nos prometen volver a la normalidad, a la que nos provocó la crisis, la única que conocen. Al pueblo sencillo, al de la microhistoria, al que se persigna ante la cruz y dobla la rodilla ante Dios, sólo le desentierran los mitos y las leyendas ancestrales, pero se olvidan del hecho fundante, que México nació en el regazo de santa María de Guadalupe, en la persona de san Juan Diego, y que fue acogido por los brazos del obispo en el seno de la santa Iglesia. Esto no es frialdad de ideología sino calor de hogar.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de noviembre de 2021 No. 1375