La fórmula más efectiva para vivir con la conciencia tranquila es estar seguros de que nuestros dichos coinciden con nuestros actos.

Por Mónica Muñoz

No mentirás” es uno de los mandamientos de la ley de Dios que hace mucho tiempo dejamos de tomar en serio, y no digo solamente los que somos católicos o pertenecemos a alguna religión cristiana, en la vida cotidiana, la ética debería ayudarnos para aceptar este precepto y conducirnos con la verdad, aunque hacerlo nos acarreara problemas.

Y es que resulta tan fácil mentir, que pareciera que es lo más natural del mundo. Es más factible decir una mentira que aceptar la responsabilidad. Sin embargo, una mentira, por pequeña que sea, siempre mermará la confianza. Y quien aún se atreva a seguir confiando en el otro, tarde o temprano terminará descubriendo que ha sido engañado, dañando irremediablemente la relación, y, por supuesto, dejará de creer en el defraudador.

Basta que nos pongamos a pensar en aquellos vendedores que, en el afán de ganar más dinero, ofrecen a sus clientes productos de baja calidad, prometiendo que no hay nada mejor.

Hace poco vi un video en el que denunciaban a un muchacho que vendía tortas, al parecer de jamón y queso, bien envueltas en bolsitas de plástico. La sorpresa llegó cuando al retirar el empaque, el pan nada más tenía jamón en la orilla y en el resto, nada.

Luego vi un video donde denunciaban algo más grave, la venta de un vehículo de lujo en una agencia donde debían entregar el automóvil nuevo, y que después de meses de pretextos, dieron a la compradora uno usado.

En ambos casos, aunque pareciera que la diferencia es mucha en razón del precio de cada producto, la consecuencia es semejante: la pérdida de la confianza hacia la persona engañadora.

Ahora bien, entremos al plano humano. Cuando las relaciones entre personas se enturbian debido a la mentira, difícilmente podrá restaurarse la fe en el mentiroso. No digo que sea imposible, porque para ello tendrán que trabajar ambas partes, pero la sombra de la duda permanecerá en el aire.

Eso me lleva a pensar en las parejas que se juran amor eterno ante Dios, y por alguna razón, terminan separándose. Las causas pueden ser variadas, pero, tristemente, lo que con suma frecuencia termina los matrimonios es la infidelidad. Esa clase de mentiras que siempre se descubren, porque es muy desgastante ocultar los hechos que saltan a la vista para todos, menos para los afectados, en el afán de seguir confiando en el ser amado.

Y no entiendo por qué, si lo que unió a una pareja fue el amor y el deseo de permanecer juntos en las buenas y en las malas, permiten que otros se entrometan en su relación, y peor aún, que se presten a arriesgar a su familia, que en muchos casos existe ya, todo por no pensar antes de actuar. Sin embargo, es en estos asuntos donde el demonio se hace presente y enceguece al hombre o a la mujer, que no entiende que sus malas decisiones lo condenarán al fracaso de un matrimonio bien constituido, y eso, sin contar en todo el dolor que causarán a la familia entera, porque no solamente sufren el cónyuge y los hijos, sino todos los que los conocen y desean su bien.

Por eso es mejor que aprendamos a decir la verdad. La fórmula más efectiva para vivir con la conciencia tranquila es estar seguros de que nuestros dichos coinciden con nuestros actos, sobre todo si se trata de nuestra familia y personas con los que tenemos una relación cercana, pero también tratándose de nuestro trabajo, escuela o cualquier sitio en el que nos desenvolvemos socialmente, porque al final a todos nos afecta el hecho de faltar a la verdad.

Seamos conscientes de que la mentira solo trae consigo infelicidad, y nos hará caer en una cadena de falsedades si no la rompemos a tiempo, recordando la máxima evangélica, que, por ser palabra de Dios, siempre estará dirigida a alcanzarnos la vida eterna: “La verdad los hará libres” (Jn 8, 31).

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de noviembre de 2021 No. 1376