Por P. Nicolás Schwizer

Creo que todos nosotros somos bien conscientes de nuestras debilidades y limitaciones. ¿Quién de nosotros no sufre, una y otra vez, por sus faltas de carácter, su egoísmo y toda su pobreza personal? Sabemos que nos falta mucho para ser humanamente maduros y completos. Pero, sobre todo, estamos lejos de ser cristianos perfectos; nos falta dar muchos pasos para llegar a la santidad.

Sin embargo, creo que todos nosotros tenemos un gran anhelo de crecer, de mejorar, de superarnos. Queremos cambiar nuestra vida, nuestras actitudes y nuestro comportamiento. Deseamos transformarnos en hombres diferentes, en hombres más auténticos, en hombres nuevos. Quisiéramos convertirnos por fin en aquellos hombres que en nuestros sus sueños anhelamos ser.

A estos anhelos profundos de nuestra alma, María nos responde, la Virgen nos ofrece gracias espirituales bien concretas. Ella nos da fuerza, ánimo, empuje para luchar en nuestra transformación. Pero sobre todo nos regala su presencia de educadora. Ella aprovecha todo para formarnos, transformarnos y educarnos.

¿Y en qué quiere transformarnos la Virgen? Quiere transformarnos en hombres nuevos a imagen de Jesucristo, es decir, en reflejos de Jesucristo. Ella nos quiere convertir – a cada uno y a la Familia entera – en una aparición para nuestro tiempo: en santuarios vivos, llenos de Cristo y de Dios.

María quiere que seamos hombres abiertos a Dios, pero también plenamente abiertos a los hermanos, hombres comunitarios y solidarlos. Quiere que seamos como Ella, hombres Marianos.

Porque la Virgen no sólo es nuestra educadora, sino también nuestro gran modelo, reflejo insuperable de su Hijo Jesucristo.

María, Madre y Educadora. Ella, se mostrará como Madre y Educadora de la nueva sociedad, cuando le pedimos. La Santísima Virgen formó en Nazaret la familia que es el modelo preclaro de todas las demás familias. Y el Señor, el Hombre Nuevo, que vendría a construir un mundo nuevo, a inaugurar una Nueva Creación, pasó treinta años junto a María esforzándose por vivir el nuevo ideal cristiano de la familia, y apenas tres predicando en público.

Y desde entonces nuestra Madre en el cielo no sabe hacer otra cosa: donde llega, crea familia de inmediato, convierte a los hombres en hijos y hermanos, que viven en la paz. Así fue en su vida en la tierra y esta es la gracia propia que Ella reparte ahora desde el cielo. Ella nos recuerda que Cristo vino para reconciliar a todos los hombres, para hacer la paz, y convertirnos a todos en hijos de Dios.

¿Cuál es, entonces, nuestra tarea? Primero, hemos de recurrir siempre de nuevo a la Virgen pidiéndole que nos regale la gracia de la transformación. Ella tiene que apoyarnos, animarnos y fortalecernos permanentemente.

Lo segundo que debemos hacer. Sabemos que las gracias están condicionadas a nuestro propio esfuerzo. Tenemos que poner todo lo nuestro para mejorar. En concreto, debemos desarrollar todo lo positivo que Dios nos ha regalado. Y también debemos superar y complementar lo negativo en nuestro carácter y en nuestra naturaleza. Aquí tenemos entonces un campo enorme de lucha y de esfuerzo diario.

Queridos hermanos, sólo a través de esa lucha cotidiana podremos avanzar en nuestra santidad. Pidámosle, por eso, a nuestro Madre y Educadora que nos regale la fuerza y fidelidad para esa lucha diaria. Y que nos regale también la gracia de la transformación interior, para convertirnos más y más en hombres nuevos, en hombres Marianos, a imagen de Cristo nuestro Señor.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de diciembre de 2021 No. 1381