Por P. Prisciliano Hernández Chávez CORC

Nuestro ámbito sociocultural contemporáneo se encuentra globalizado, impulsado inexorablemente por la tecnologización. Ted Nelson, el inventor del ‘hipertexto’, va más allá del simple texto digital. Considera la hipertextualidad ‘como la verdadera estructura de las cosas’. Es un sistema de enredo estructurado. Se trata de un universo hipertextual sin centro. La cultura se libera de todas sus limitaciones: se hace hipercultura. ‘Los contenidos culturales heterogéneos se amontonan’. Esta hipercultura sin centro, sin Dios, sin lugar; conduce al trauma de la pérdida (Cf Byung-Chul Han, Hiperculturalidad).

Según este contexto actual, qué razón tenía Karl Rahner, cuando afirmaba que ‘el hombre religioso del mañana será místico o no podrá serlo…’ Diríamos, lo religioso, lo cristiano, se ve afectado por esta situación que se nos viene como un alud cultural hiperinformativo. Difícilmente se sostienen los apoyos de ciertas costumbres familiares o se vive la fe como una herencia cultural.

No podemos conformarnos simplemente con una vuelta a la teología, a los mitos o a una filosofía de la cultura; o conformar una postura fundamentalista de resistencia o constituir ‘comunidades emocionales’, en donde la persona se encierre en el intimismo y lo sentimental para su defensa religiosa, como lo señala Max Weber.

‘Si el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’, según nos enseña Jesús, el Señor, entonces se impone una postura sincera y seria de profundización en la fe que implique necesariamente la experiencia sincera y personal con Dios en Cristo.

Así podríamos retomar, meditar y profundizar el ‘misterio de nuestro bautismo’; misterio que nos sobrepasa y no puede ser reducido a un hecho familiar del pasado.

Si nos quedamos con el bautismo ritual del ‘agua’ en la línea de la conversión superficial, de cierta penitencia, pero con la ausencia del ‘fuego del Espíritu Santo’, entonces nos quedaremos atorados en el bautismo de Juan el Bautista y no seguiremos ‘a quien bautiza con fuego y con Espíritu Santo’, Jesús.

Es necesario seguir los pasos de Jesús que se dejó guiar por el Espíritu Santo, ya que era el Ungido por el Espíritu, el Siervo de Yahvéh en quien Dios puso sus complacencias; quien no rompería la caña resquebrajada ni apagaría la mecha que aún humea; quien promoverá con firmeza la justicia, que no titubeará ni se doblegará hasta haber establecido el derecho y hasta que las islas escuchen su enseñanza (cf Is 42, 2-4.6-7). Este Jesús es de quien dijo san Pedro, ‘que pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él ‘( Hech 10, 34-38).

Lo anunciado por Isaías, se cumple inicialmente en el Bautismo de Jesús: ‘Mientras oraba, -Jesús, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó en él en forma sensible, como de una paloma y del cielo llegó una voz que decía: ’Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco’ (Lc 33, 15-16.21-22).

El Bautismo de Jesús señala esa vinculación esencial respecto del Padre, procede eternamente de él; por ese amor mutuo de Padre a Hijo y de Hijo a Padre, tiene el Hijo esa misión de hacer ‘hijos en el Hijo’, a través del ‘agua que se teñirá con su sangre’ y así se podrá nacer como hijos de Dios.

Nacer del ‘agua y del Espíritu’, en virtud de la sangre derramada del Cordero, que quita el pecado del mundo; vivir el proceso del bautismo como misterio de pascua y vivencia trinitaria. Ese es el sentido de nuestro misterio de pascua en la Pascua de Cristo: morir con él y resucitar con él, a una vida nueva de resucitados.

Si Jesús es el Hijo predilecto del Padre, hemos de seguir sus pasos, su pascua: confianza total en el Padre y prolongar la misión de Jesús en nuestra vida con una docilidad plena. Esto tiene el alcance de pensar como Jesús, vivir como Jesús, amar como Jesús; en una palabra, pasar haciendo el bien como Jesús. Una verdadera comunidad cristiana es la que vive como Jesús: vinculación al Padre, en la experiencia abrazadora del Espíritu Santo, recreando en sí las actitudes de Jesús y siguiendo sus pasos. Quien se dice seguidor de Jesús y no practica la misericordia, la bondad y el amor del mismo Jesús, desacredita la misión de Jesús que el Padre le encomendó y se desacredita a sí mismo.

En el bautismo se nos da el nombre. Ya pertenecemos a Dios: “…te he llamado por tu nombre y tú eres mío”. Qué maravilla pertenecer a Dios, y tratar a Dios como Padre-Papá-Abbá. Así se nos conocerá por toda la eternidad. Jesús nos conoce por nuestro nombre: sabe quienes somos y qué nos pasa. Es nuestro ‘yo’ al cual respondemos.

En nuestro bautismo, también se abrió el Cielo y la voz del Padre nos ha dicho: ‘ahora tú…eres mi hijo en mi Hijo amado, Jesús. Nos ama con amor entrañable y eterno de Padre que nos engendra ‘en misterio’ en su mismo Hijo Jesús, a partir de nuestro bautismo.

El bautismo comporta una acción divina en Cristo muerto y resucitado, por el don del Espíritu, que actualiza la Iglesia de modo eficaz. Agua asumida por Dios en Cristo, símbolo de la vida y de la fecundidad de la Iglesia: agua bautismal, es el seno maternal de la Iglesia. Por el bautismo somos hechos hijos de Dios e hijos de la Iglesia. Por eso quien no tiene a la Iglesia por madre, no tiene a Dios por Padre, como decían los Padres de la Iglesia.

Por el agua y el Espíritu Santo, a través del ministerio de la Iglesia, pertenecemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Participamos del ser divino. Por eso el bautismo es una gracia de participación en la vida de Dios; se nos introduce en la vida trinitaria; en la misma hondura de Dios.

Esta vida bautismal, interpela nuestra libertad, para vivir y ser hijos de Dios, en un proceso de crecimiento interior, de experiencia profunda de Dios. Pero también es conveniente, recibir la ayuda de los papás y de los padrinos que deben ser los educadores en la fe de Cristo en los cauces de la Iglesia.

Cuánto bien nos pueden hacer el estudio constante del ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ promulgado por san Juan Pablo II; el estudio del ‘Compendio del Catecismo’, elaborado por Joseph Ratzinger; el estudio del ‘Youcat’ para jóvenes o el ‘Youcat para la Infancia’. Son grandes tesoros que enriquecerán nuestra vida en Dios; nuestra vida de hijos de Dios.

Ante la Hiperculturalidad desafiante y deshumanizante, necesitamos el centro; necesitamos  la reflexión profunda; necesitamos a Dios; necesitamos reconocer en el caos informático, nuestro verdadero ‘yo-nosotros’, hijos de Dios.

 

Imagen de Carlos Daniel en Cathopic