Por Arturo Zárate Ruiz

Este día primero celebramos algo mucho mejor que el comienzo de 2022.  Celebramos a Santa María Madre de Dios.  Es Virgen y, así Virgen, fue y es Madre.  Un gran misterio, pero también un asunto que el mismo Catecismo reconoce como motivo de “burlas o incomprensión por parte de los no creyentes”, y agregaría yo que inclusive por parte de algunos católicos que presumen haber puesto a un lado ya las “ideas oscuras y medievales” de su Iglesia.

En cuanto a la virginidad de María, no faltan quienes nos acusan a los católicos de reprimidos y asustados con el sexo, por lo cual queremos que todos sean vírgenes y, si nacen los niños, que los traiga la cigüeña. En cuanto a María, consideran además imposible que concibiera e incluso diera a luz un hijo permaneciendo virgen, como predijo Isaías y nos relata Mateo.

Sobre esto último, si el Todopoderoso pudo crear el universo ex nihilo, ¿por qué dudar de muchos otros milagros como la concepción y parto virginal de María?  Ahora bien, sobre nuestro supuesto temor por el sexo, somos los únicos cristianos que proclamamos que el matrimonio es un sacramento, es decir, algo sagrado que Dios santifica.  También, he allí san Pablo que compara el amor de Cristo por su Iglesia con el amor entre los esposos.  He allí, así mismo, la amplia literatura mística de los santos que con imágenes sexuales hablan sobre las realidades divinas.  Si todavía hubiera duda, vayan a muchos templos católicos, vayan al mismo Vaticano, y encontrarán allí abundancia de hombres y de mujeres desnudos, eso sí, artísticos, no vulgaridades.  Todo esto demuestra que no sufrimos temor por la sexualidad.  En fin, tan aceptamos la sexualidad que la abrazamos con todas sus implicaciones, el tener hijos.  No andamos allí con el anti-natalismo y menos aún con el aborto.

¿Pero por qué entonces Santa María permaneció virgen?  Porque debía quedar claro, nos dice también el Catecismo, que Jesús es Hijo de Dios, no de un hombre.  Dios es un espíritu y se hizo hombre porque el poder del Altísimo, no de un varón, cubrió a María.  Jesús es así progenie de Dios; es más, es Dios.  Además, el corazón de María, y su vientre, debieron quedar consagrados completamente a Dios, como debe ocurrir, sea de paso, con los esposos, consagrados de lleno el uno para el otro hasta que la muerte los separe.

Ciertamente, san José fue esposo de María, y guardián suyo y del niño Jesús. Pero también él permaneció virgen para, como ella, entregarse de lleno a la misión muy especial que le encomendó Dios.

Lo que no quiere decir que el común de los católicos que nos casamos debamos permanecer vírgenes.  En nuestro caso, una misión nuestra, también muy especial, es procurar tener hijos, y para lograrlo lo debemos hacer naturalmente. Al hacerlo contribuimos con Dios creador en la sublime tarea de añadir santos a su Reino. ¡Qué bendición!

Curiosamente, se cuestiona no sólo que María sea Virgen, también que sea Madre.

Aberración de estos tiempos es el considerar la maternidad como un impedimento a la autorrealización de las mujeres.  Ser madre no es más, entonces, que interrumpir una carrera profesional en la cual el éxito, el dinero, la fama y otras satisfacciones materiales adicionales brindarían a la mujer contento, orgullo y satisfacción consigo misma.  No así si se entregase a la “esclavitud” de tener hijos y a la “dependencia” hacia un varón quien, él sí, disfruta de los aplausos por salir de la casa y enseñorearse del mundo tras ganar él y reservarse para sí mucha de la plata.  (Háganmela buena).

Por lo pronto, las mujeres no tienen por qué dejar de trabajar como profesionistas, aunque es recomendable que así lo hagan si lo demanda la atención de los hijos, atención que los papás también deben brindar, por más que digan “mi empleo no me lo permite”.  Además, pocas cosas definen tanto a una mujer como su capacidad, consígalo o no, de ser madre, algo que no puede igualarse a los aplausos de la fama o los retos de una profesión.  Y sin repasar todas las razones, quede claro que entraremos al Cielo no según la medida en que nos ha amado el Mundo, sino en la medida en que hemos amado al prójimo.  He allí que los más próximos son los hijos. De allí que Santa María sea reina en el Cielo porque ama mucho a su Hijo, y también a sus hijitos adoptivos, nosotros, la Iglesia.  ¡Bendita sea nuestra Madre!