Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

La célebre actriz Sara Bernhardt viajó en cierta ocasión a Rusia, donde ofreció algunas representaciones en francés. En San Petersburgo, la agasajaron con una cena de gala a cuyos postres, los anfitriones le pidieron que recitara algo. Así lo hizo. Aunque nadie entendió lo que dijo por la diferencia del idioma, emocionó a todos por el tono de la voz, el abanico de las manos y la expresión del rostro. Más tarde, un periodista le pidió el texto original de la poesía declamada con el fin de traducirla y publicarla en ruso. La actriz se negó. No es posible. ¿Por qué?, preguntó desconcertado el periodista.

–Es que, aunque nadie se dio cuenta, recité la tabla de multiplicar. La del número siete, que es mi favorita.

Cuando uno no ha perdido el sentido de la emoción, puede emocionarse aun con la abstracta y monótona tabla de multiplicar. Pero…

Nos hemos vuelto máquinas insensibles. Una licuadora o un tractor ni ríen, ni lloran, ni se admiran. Igual nosotros. El mundo artificial y frío de los objetos que nos rodea y sojuzga, nos ha trasmitido el virus de la insensibilidad.

Por otra parte, como a través de los medios de comunicación vemos, oímos, leemos accidentes de tráfico, suicidios, asesinatos, cadáveres sangrantes, guerras salvajes, se nos ha ido curtiendo la piel y el alma, según hemos perdido la compasión, esta humanísima virtud que consiste en hacer propia la desgracia ajena.

No tenemos ojos ni corazón para el dolor ni para la belleza. Nos deja indiferentes un muerto a la mitad de la calle o un huerto nevado de jazmines. Nadie, casi nadie se deja seducir por las cosas bellas que nos rodean, ni sabe apreciar los momentos de emoción artística que nos ofrece la vida, ni es capaz de disfrutar de los encantos del paisaje. ¿Quién se pone hoy a contemplar el paso de la plata de las nubes o a gozar, como fray Luis de León, de una noche callada y constelada?

Hay turistas que van a la playa y, en vez de gozar del mar -el mar que jamás se repite, según el verso de Paul Valéry-, se van de compras o se pasan día y noche entre el bar y la discoteca. Náufragos de vino con un mar enfrente.

Una noche sonaron las campanas de la iglesia de San Rufino de Asís. Doblaban con inusitada energía. El pueblo entero, que se había acostado con el sol y dormido en paz, se levantó asustado y se congregó en la plaza central. ¿Qué sucede? ¿Un incendio, la peste, un ataque?

Era Francisco, el Pobrecillo, que había echado las campanas a vuelo y, con el brazo extendido señalaba a la gente hacia el cielo diciéndole: ¿No ven ustedes qué luna tan bella tenemos esta noche?

Artículo publicado en El Sol de San Luis, 22 de abril de 1995; El Sol de México, 18 de mayo de 1995.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de julio de 2024 No. 1513

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