Por Jaime Septién

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En Lampedusa, una isla entre las costas de Túnez y el puerto de Agrigento, el Papa Francisco oró por los inmigrantes africanos, por los inmigrantes de todo el mundo (¡tantos mexicanos!) y por el rescate de la vieja solidaridad cristiana, que ya ni en los países cristianos (como Italia, como México) existe.

Rescato un párrafo de la vibrante homilía en recuerdo de los casi 20 mil africanos que han perdido la vida tratando de llegar a las costas de Italia (¿cuántos hermanos mexicanos no la habrán perdido en, por ejemplo, el «Desierto de la Muerte»?):

«¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?  ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de sufrir con: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar¡».

Sin decirlo, el Papa está situando el fondo de la doctrina del ser-con o con-ser.  Nadie lo ha expresado mejor que él.  Ser-con-el-otro es llorar por su dolor, dondequiera que se produzca: al lado mío, en mi colonia, en la Patagonia o en Taiwán.  El pensamiento original está en la «Meditación 17» del poeta inglés John Donne, escrita hacia 1624:

Each man’s death diminishes me, for I am involved in mankind. Therefore, send not to know for whom the bell tolls, it tolls for thee” (La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la humanidad. Por eso, no preguntes nunca por quién doblan las campanas, están doblando por ti).