Por Jaime Septién

Mirada en la perspectiva del tiempo, la diócesis de Querétaro podría decirse que es una diócesis amiga de sí misma; lo que los antiguos griegos pensaban que era la conciencia. Se trata de una diócesis con una profunda conciencia de su singularidad. Y, por lo tanto, de su propia misión.

Tras siglo y medio de existir, los nueve obispos que le ha donado el Espíritu Santo (y los papas, desde Pío IX hasta Benedicto XVI), se han esforzado por adoptar la esencia de lo queretano a su labor pastoral. Incluso en los difíciles días posteriores al Vaticano II, cuando la oxidada relojería de la Iglesia se tuvo que poner al paso vertiginoso de la humanidad, en la diócesis se conservaron las tres cuestiones que, a juicio mío, la distinguen: apego a las tradiciones; amor por la Virgen de Guadalupe y respeto por la jerarquía.

La diócesis –como la Iglesia– ha evolucionado en los últimos 25 años, desde aquél 5 de mayo de 1989, cuando el hoy obispo emérito don Mario De Gasperín sucedió a un ya muy enfermo don Alfonzo Toriz, hasta el día de hoy, con don Faustino Armendáriz a la cabeza.

El “cambio de época” que precisó el documento final de Aparecida, aquí se predijo antes, con la capacidad de don Mario de penetrar en el ritmo de la Palabra de Dios y se enfrenta ahora, con el dinamismo de don Faustino, para desafiarlo con la misión permanente.

En la próxima visita ad limina al Papa Francisco (mayo de 2014), don Faustino podrá compartir con el Pontífice una gran alegría: que, como en otros ámbitos, Querétaro es, en el catolicismo, un ejemplo mexicano y universal de lo que Jesús quiere para sus hijos: que sean libres, solidarios, respetuosos y fieles.