Por: Mónica MUÑOZ |

“Parece que estamos de fiesta”, dijo el familiar de la persona que acababa de fallecer, pues su casa estaba llena de parientes y amigos que lo acompañaban para despedirla.  En ese momento pensé: “qué difícil debe ser aceptar que un ser querido se vaya para siempre”.  Sin embargo, para los cristianos, la muerte es sólo el paso definitivo a la vida eterna.  Por supuesto, eso no significa que deje de doler la ausencia, sobre todo si la muerte fue inesperada o violenta, o bien, si quien ha partido es un niño o un joven con un porvenir prometedor.  Sencillamente es inexplicable que unos se vayan antes que otros y en muchos casos lo vemos injusto.

Y, definitivamente, creo que quien ha pasado por ese tremendo dolor siente que la vida se le acaba.  Escuché una vez que alguien dijo: “murió y no sé cómo continuar”, porque esas personas eran inseparables, siempre estaban juntas, todo lo hacían al mismo tiempo, en fin, que se habían convertido en siamesas espirituales.  Por eso es comprensible que al morir una, la otra sintiera un enorme vacío.

En ese caso, los expertos recomiendan ayudar a los dolientes para que vivan su duelo sanamente, es decir, que el dolor no los ahogue, sino que procesen cada paso sin estancarse.  Por ello, de acuerdo al modelo Kübler- Ross, distinguen cinco etapas por los que atraviesan quienes han sufrido una pérdida:

1.- Negación: en el momento en que ocurre la muerte,  quien está sufriendo piensa “esto no me está pasando, no a mí”, lo cual se trata de un mecanismo de defensa ante la inminencia del hecho, como si de esa manera se despertara de un mal sueño para descubrir que la tragedia fue imaginaria. O bien, un enfermo  a quien se le ha anunciado la gravedad de su estado, puede pensar que está bien y que el diagnóstico no es correcto.

2.- Ira: pasado el primer momento y entendiendo que, efectivamente, se ha perdido al ser querido, la persona puede rebelarse y reclamar, incluso a Dios, por la injusticia cometida contra él, por ello se muestra enojado y es difícil tratarlo.  Un enfermo estará irritable y envidioso de la salud de los otros.

3.- Negociación: Esta etapa es muy común cuando se trata de una enfermedad terminal y la persona que sufre el mal busca conseguir retrasar el inevitable fin.  Ante la enfermedad de un ser querido, también es comprensible requerir incansablemente un “milagro” y rogar porque la salud le sea devuelta a la persona amada.

4.- Depresión: la tristeza embarga al enfermo porque sabe que el fin está cerca.  Quizá llore mucho y sienta que ya no tiene caso luchar, ¿para qué?, incluso puede rechazar las visitas.  Es necesario dejar que la persona viva esta etapa, por lo tanto, se aconseja no intentar alegrarlo.  En cuanto a quien ha perdido un ser amado, es importante apoyarlo con nuestra presencia, escucharlo y evitar ser imprudentes.  Respecto a este punto, creo que una de las actitudes más irritantes que podemos adoptar es pretender minimizar el dolor con palabras como “así es la vida”, “todos vamos para allá”, “ya está mejor”, a menos que la fe del doliente soporte hacerle comentarios de ese tipo.

5.- Aceptación: cuando el enfermo finalmente ha entendido que la muerte está cerca y que ya no hay remedio, llega la paz y termina la lucha contra lo inevitable.  En la persona que ha perdido un familiar, entenderá que, en efecto, la vida del ser querido llegó a su fin porque ya era tiempo y que no hay que culpar a nadie.  Por supuesto, cuando se ha alcanzado esta etapa, puede mirarse hacia atrás con serenidad y hablar del difunto sin llorar.

Es importante destacar que la fe ayuda inmensamente a atravesar esta difícil situación, sin duda porque quien tiene puesta su mirada en el Señor y ha vivido para Él, sabe que el premio le espera y el sufrimiento será nada en comparación con la vida eterna.  No obstante, el dolor que imprime la pérdida de un ser amado es personal y nadie tiene derecho a acelerar el proceso de duelo, pero podemos mostrar nuestro apoyo y cercanía al doliente.

Y algo más: pensemos que tarde o temprano todos tendremos que enfrentarnos con la muerte, así que es mejor que nos preparemos para ello.